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Sí, acepto. ¡Quiero ser feliz!

Así deberíamos contestar ante el altar de nuestras emociones, porque el compromiso de sentirnos felices con nosotros mismas, depende de la actitud y el grado de pasión que se le imprima a nuestro día a día. Con un poco de honestidad y paciencia se logra.

¿Qué es la felicidad? ¿Cuántas veces te has hecho esa pregunta? ¿Cuántas has obtenido una respuesta satisfactoria? No es que entres a la dimensión desconocida, ni que te enfrentes a un misterio sin resolver. Como dirían por ahí, “todo depende del cristal con que se mire”.

Es cierto que todos deseamos ser felices, el dilema no es cómo conseguirlo, sino también cómo definirlo. ¿No te ha pasado que, de un tiempo para acá, las charlas de café ponen sobre la mesa si eres feliz o qué tan desdichada eres porque tu pareja se despertó de mal humor? Claro, ponemos un ejemplo superficial, pero en cuestión de emociones, ¡todo se vale!

Por supuesto, cómo no estar más interesados que nunca en la felicidad, si vemos a nuestro alrededor que las situaciones actuales se han tornado más adversas y, para los que coinciden conmigo, una bocanada de sonrisas intermitentes no nos caería nada mal. Pero hablo de esas muecas –más bien, carcajadas– que desde nuestro interior griten a los cuatro vientos: “¡Sí, soy feliz!, ¿y qué?” Y lo mejor de todo es que sí se puede, pero para serlo necesitamos de tu sincera colaboración y honestidad.

El término es más puntiagudo de lo que parece porque la idea de felicidad siempre la relacionamos con una sensación, que en pocas palabras se traduce en un estado emocional; explicar las sensaciones es algo complejo porque estas, sustancialmente, “se sienten”, es decir, se experimentan y cada quien las refleja como le viene en gana. Aparentemente las cosas se complican, pero no.
¿BECAUSE I’M HAPPY?



Haremos una breve recapitulación de lo que significa la felicidad a nivel filosófico porque a partir de aquí, el concepto individual del término en cuestión tomará mucho sentido cuando termines de leer.

En términos generales, la felicidad es el sumo bien o bien objetivo al que tiende el ser humano como ser racional.

Para Platón, la felicidad es un movimiento tranquilo, lo cual significa en el pensamiento griego: la evolución o cambio sereno de las cosas, incluidas las que afectan a la vida. Este autor define diferentes tipos de bien, en función de las tres clasificaciones de alma que identifica.

Es así como existe un bien que será el que afecte al alma concupiscible, la que alberga los deseos. Otro que satisfaga al alma irascible, que contiene la valentía y la nobleza. Y un tercero que sea el que cubra las necesidades del alma racional, es decir, la única inmortal. Estas tres aspiraciones deben armonizarse para conseguir la felicidad,
reiteramos, según Platón.

Dejémoslo más claro: si alguien se satisface con una simple caminata a la orilla de la playa, dicha satisfacción será más sencilla de cubrir que la de alguien que se haya puesto, por el bien objetivo, comprarse un departamento en la zona más lujosa de la ciudad. Lo primero es mucho más fácil de conseguir que lo segundo.

Debido a que la felicidad, en ese planteamiento, depende del placer satisfecho, lo sensato será buscar los placeres sencillos. Como serán fáciles de alcanzar, se propiciará la serenidad y se evitará la ansiedad de no obtener lo que se desea.

En palabras del propio Ortega: “Si nos preguntamos en qué consiste ese estado ideal de espíritu denominado felicidad, hallamos fácilmente una primera respuesta: la felicidad consiste en encontrar algo que nos satisfaga completamente. Mas, en rigor, esta respuesta no hace sino plantearnos en qué consiste ese estado subjetivo de plena satisfacción. Por otra, qué condiciones objetivas habrá de tener algo para conseguir satisfacernos”.

Para este autor, la felicidad se produce cuando coinciden lo que él llama “nuestra vida proyectada”, aquello que queremos ser, con  “nuestra vida efectiva”, lo que somos en realidad.

Como siempre lo hemos dicho, no vamos a prometerte lo que no cumpliremos y mucho menos te aseguraremos que después de que leas este texto, darás saltos de alegría, porque al fin descubriste el hilo (no negro, sino brillante) de cómo llegar a ser feliz.

Decía nuestra directora general en su carta editorial del mes pasado: la felicidad es circunstancial y efectivamente los momentos en los que te sientes feliz es porque se disparó esa pequeña chispa que te provocó lanzar una sonrisa al aire. Una llamada, un paisaje, un logro conquistado, cualquier cosa puede producirte felicidad, el grado de la misma depende del valor que tú le confieras a la situación. Lo mismo pasa a la inversa.



COMO TE VA EN LA FERIA...
En distintos estudios que se han realizado alrededor del mundo, la mayoría de las opiniones coincide en que los objetivos para lograr la felicidad radican en ganar millones en la lotería, adquirir prestigio en su carrera y disfrutar placeres físicos (sexo, bebida, comida). Sin embargo, un porcentaje menos elevado escogió enamorarse (o seguir enamorado) de una pareja ideal. Aunque no lo creas –o probablemente te lo reconfirmamos–, el amor en una buena relación también nos provoca bienestar y felicidad.

Sin embargo, así como las relaciones nos hacen más felices, también pueden causarnos desdicha. Entre más cercano está alguien, más poder tiene para herirnos. Por eso es que, sin darnos cuenta, a veces cuestionamos el cariño de nuestra pareja porque no nos está haciendo lo suficientemente feliz, cuando en realidad ese estado emocional debe originarse dentro de nosotros mismos. El resultado: una relación destructiva.

En el proceso de buscar la felicidad de alguien más y provocar que el otro nos la dé, el tema central “Sólo quiero ser feliz” se desvanece.

¿DÓNDE ESTÁS, FELICIDAD?
Varios de los problemas que en la actualidad vivimos en las relaciones de pareja se agravan por nuestra obsesiva búsqueda de la felicidad. Desde luego, a un nivel superficial, promueve el mal uso del alcohol o las drogas y puede fomentar el sexo sin sentido. ¿Resultado? Desdicha. Algo más importante: el deseo de “ser feliz” hace a las parejas evitar asuntos delicados. Esto puede proveer paz a corto plazo, pero tiene implicaciones desastrosas a largo.

Por supuesto que debemos escuchar a nuestra contraparte: la infelicidad, en vez de tranquilizarla yendo de compras o comiendo chocolate en desmedida, hay que entenderla y atenderla. ¿Por qué? Porque cada vez que nos sentimos así, significa una alarma de que algo no anda bien y tenemos que buscar una solución que satisfaga esa ausencia de algo. Muchas veces una pequeña autobofetada propicia el cambio en nuestro camino.  

Al final de este, nadie puede proporcionarnos la felicidad, eso es algo que nos corresponde a nosotros mismos. Cuando nos preguntamos qué nos haría felices, básicamente se trata del mismo cuestionamiento que se planteaba Aristóteles, otro gran pensador griego, hace más de dos mil años: “¿Qué hace valiosa a la vida?”. Ahora sí, la respuesta la tienes tú.

Por Eduardo Olivar


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