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Ante la duda, no hay duda

A pesar de vivir un momento histórico en el que disfrutamos de la posibilidadde tomar decisiones sobre casi cualquier cosa, nunca habíamos registrado niveles tan altos de estrés y depresión. Sí, la libertad nunca antes vista de elegir es hoy fuente de incertidumbre y ansiedad. Pero podemos evitarlo.

Hace poco leí un meme que me hizo sonreír. Decía así:
- ¿Tomas algo para ser feliz?
- Sí, decisiones.
Guardé la imagen en mi mente y computadora y me quedé muy contenta, pues en ese momento me pareció haber encontrado una verdad indiscutible. Pero esa certeza pronto se convirtió en incertidumbre al darme cuenta de cómo el simple proceso de tomar una decisión puede generar la suficiente dosis de angustia como para entrar en crisis.

No importa si se trata de elecciones sin importancia o vitales; cualquier encrucijada puede convertirse en el detonador de una bomba nuclear: ¿Debo someterme a este procedimiento médico o espero un poco más?, ¿Me conviene tomar este trabajo o no?, ¿En qué escuela inscribo a mis hijos?. Vamos, que, hoy por hoy, hasta tomar una taza de café se ha convertido en un dilema: ¿Con leche desnatada, de soya, sin lactosa, descafeinado, largo, doble, con azúcar o negro? Y como si esto no fuera lo suficientemente complicado, una vez que superamos la batalla de decantarnos por una opción, llega el segundo round: ese sentimiento de equivocación, arrepentimiento, culpa o fracaso, que muchas veces acompaña ciertas decisiones ya tomadas: ¿Para qué le dije que venga más tarde?, ¿Cómo pude aceptar el trato?, ¿Porqué me comí el postre?, ¿En qué gasté tanto dinero?, ¿Por qué no compré el souvenir? Tardé una hora en hacer la cola y no me gustó mi café.

Si después de leer estas líneas sentiste cómo se te subían los niveles de ansiedad, te habrás dado cuenta de que lo complicado del asunto no es tomar una decisión, sino la responsabilidad que conlleva elegir (o descartar) el “camino correcto”. Lo que realmente nos agota no es arriesgarnos en el momento presente, sino querer controlar los resultados en el futuro o modificar el pasado.

Pero te voy a contar un gran secreto: Por más que te empeñes en prepararte y hacer tu mejor esfuerzo, no eres responsable de tomar la decisión correcta, sino de tomar la mejor decisión que puedas en ese momento. Si te metes esta idea en la cabeza te será más fácil llevar a cabo buenas elecciones, pues tu mente no estará ocupada en tratar de controlar los resultados (cosa que es humanamente imposible), sino de usar su sabiduría, recursos, consejos e intuición para hacer tu apuesta. El resto es soltar el control del mundo.

Si todavía insistes en que los resultados dependen de tus acciones, te invito a que mires de cerca cómo se desenlazan los acontecimientos en tu vida, y dime si en realidad eres responsable del accidente de tráfico que provocó que el camino que elegiste hoy te hiciera llegar tarde al trabajo, a pesar de haber salido una hora antes de lo acostumbrado. Pero si prefieres canalizar tu energía en tomar mejores decisiones, entonces tengo algunas sugerencias:

No racionalices. La duda es como la levadura: si le das un poco de tiempo crece tanto, que solo hace falta alimentarla tantito para que se convierta en una gran masa pegajosa, inmanejable e insaciable, que consume enorme cantidades de energía y espacio mental. Para vencerla es mejor usar su propia estrategia: cuando te encuentres en uno de esos momento en que empiezas a dudar si “levantarte de la cama o dormir cinco minutos más”, en lugar de buscar razones y motivos para salir/quedarte entre las sábanas (alimentar la masa y dejarla que crezca), responde con un “voy primero al baño y luego decido”. Ya verás que después de que pongas el primer pie fuera de la cama ganaste la guerra sin empezar la batalla.

No hay decisiones incorrectas. Sea lo que sea que hayas elegido, tu disposición te llevará al camino por el cual tenías que pasar, así que mejor concéntrate en ver qué sucede y hacia dónde te conduce. Muchas veces una “¡salida en falso” nos hace encontrar un atajo, y otras veces nos hace volver atrás y valorar lo que tenemos. El caso es que siempre puedes salir ganando.

El fin no justifica los medios. No importa cuál sea tu objetivo final; si tu intención es noble, no harás nada que viole tus ideales. Apuesta siempre por la alternativa que llena de paz tu interior. No importa si estás entre amigos, en una negociación multimillonaria o en el encuentro de karate de tu hijo: no existe razón suficiente para comportarte por debajo de tus valores. Este termómetro funciona a dos bandas: si hay algo que no harías a puerta cerrada (como insultar, robar o comportarte como un cretino) no actúes así en público. Y si existe alguna cosa que no harías frente a los demás (como insultar, robar o comportarte como un cretino), no lo hagas aunque te encuentres solo. No importan las consecuencias inmediatas: si consigues serte fiel, no tendrás nada de qué arrepentirse más tarde.

Cúrate en salud. En lo posible, evítate problemas innecesarios. No esperes a tener hambre para preparar la cena. Una vez que nuestras emociones están involucradas es mucho más difícil utilizar la cabeza y pensar bien. Es como un jinete tratando de controlar a su caballo: si pretendes llegar a la meta juntos, tendrás que hacer equipo mucho antes que suene la señal de salida. Prepara tu ropa (o la de tus hijos) una noche antes, localiza con anterioridad la dirección a la que tienes que llegar y cambia el papel higiénico cuando se termina. Estas acciones no van a evitar que tengas que tomar infinitas decisiones a lo largo del día, pero seguramente te darán un respiro mental entre dilema y dilema.



No busques información de más. Está bien investigar y comparar opciones, pero ponte límites: siempre habrá una tercera (cuarta, quinta o décima) opción. Entre más alternativas tengas más difícil te resultará decidirte o quedar satisfecho con tu decisión. Y una vez que hayas elegido: ¡no mires atrás! Nada bueno puede resultar al intentar resucitar muertos. Si no estás satisfecho con la selección que hiciste no te preocupes: ocúpate. Si escogiste la peor combinación de palabras para hablar con alguien, en lugar de ahogarte en remordimientos, elige cómo vas a resolver esa situación.

Como verás, la vida no está diseñada para funcionar como un programa de estímulo-respuesta, pues por más cálculos que hagamos no hay manera de garantizar resultados. Así que en lugar de empeñarnos (y presionarnos) en tomar decisiones “para ser felices”, intentemos tomar decisiones felices, esas que se hacen ofreciendo lo mejor de nosotros en cada momento.

por Debby Holtzman W.


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