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Confesiones de una intolerante

¿Qué sientes cuando escuchas la palabra “tolerancia”? a mí se me tensa el cuerpo, como si estuviera esforzándome por mantener bajo control una pelotita de indignación que lucha por salir a la superficie. tolerar no es soportar al otro, sino tratar de entenderlo y abrir un camino de conciencia, respeto y apertura con él y con uno mismo.

Lo admito: no me gusta “la tolerancia”, y no es que no abogue por un mundo, o mejor dicho, una humanidad capaz de convivir en armonía y respeto. Simple y sencillamente creo que “tolerar” no nos conduce al camino de la paz (interna o externa). Es más, ¿te has dado cuenta cómo la obsesión por esta práctica nos ha convertido en personas intransigentes? Recuerdo haber escuchado acerca de una señora que estaba con su hijo en la sala de espera del pediatra, donde también aguardaba una niña que miraba con atención una revista. Cuando la madre de la chiquilla volvió del baño y se dio cuenta de lo que su hija miraba, tomó la publicación y le dijo: “Esto no es óptimo para tu edad, puedes escoger entre los juegos y los libros que están ahí”. La otra señora giró los ojos hacia arriba y comentó indignada: “¡Qué madre más intolerante! Tan pequeña la criatura y ya la está llenando de censura y prejuicios”. Hasta aquí la historia: una persona tan “tolerante”, en su definición de educación, que no “toleraba” que existiera una mamá con un modelo distinto al suyo. Reconozcámoslo: todos somos las personas más comprensivas del mundo hasta que nos cruzamos con alguien que no piensa como nosotros, y eso sí no podemos aguantarlo.

Uno de los grandes problemas de pretender ser transigentes es la postura de superioridad que asumimos sin darnos cuenta. Me explico: si soy YO quien debe tolerar una actitud determinada, eso no implica que YO conozca la verdad, también poseo el barómetro para medir lo que es “correcto o justo”, pero… ¿Quién nos nombró expertólogos en todo? Acertaste: ¡Nuestro ego! Así que antes de elegir cierta postura, te sugiero trabajar las diferencias desde un lugar más respetuoso, intentando entender esa situación o actitud que te causa conflicto. En lugar de “aguantar” la disparidad de tu prójimo, aprovecha la oportunidad para ofrecer “el beneficio de la duda”… Podrías descubrir que estabas siendo un poco rígida, condescendiente, exagerada o corta de información.

También es cierto que el momento histórico que vivimos nos invita a comportarnos de una manera “políticamente correcta” y estamos tan concentrados en respetar los derechos y la integración de las minorías o grupos marginados, que borramos los límites que definen nuestra propia identidad. Obviamente necesitamos trabajar por un mundo de respeto y coexistencia, pero definirnos es importante (sobre todo para evitar caer en definiciones estereotipadas, ajenas y dañinas). Después de todo, los límites son la base de la existencia y la convivencia respetuosa. Sí, suena muy bonito vivir en un mundo donde “todo se vale”, pero piensa nuevamente en la educación de tus hijos… ¿Realmente piensas que todo se vale? Cuando trabajas bien tus límites, no te sientes intimidado por las posturas ajenas. Por el contrario, en lugar de sacarte de quicio, te dan pie para reforzar o flexibilizar tus propias estrategias. También conocer los límites de tus compañeros te brinda la claridad y guía necesarias para respetar y cuidar el espacio ajeno.


Existe otro beneficio (muy poco saludable) por el cual resulta cómodo quedarse en la antesala de la tolerancia, y es el placer que provoca convertirnos en mártires: ese rol de “aceptar en silencio las injusticias” de los demás y quedarnos en nuestra zona de confort, en lugar de asumir la responsabilidad de cambiar el guión de la novela. Pero lo cierto es lo siguiente: muchas veces no exponemos nuestra inconformidad ante una situación por miedo al rechazo, al ridículo, la confrontación  o cualquier otra consecuencia incómoda. Resulta más fácil quejarse de lo irresponsable que es esa amiga que siempre llega tarde y no le importa nuestro tiempo, que explicarle amablemente que para ti la puntualidad es muy importante, y agradecerías intentara hacer un esfuerzo.

En la mayoría de los casos, el simple hecho de exponer tu malestar a alguien tiene el poder curativo de quitarle peso, independientemente de los resultados. No solo eso, también le estás dando a tu amiga la oportunidad de ver algo de lo que probablemente no se había dado cuenta. Recuerdo una situación que viví casi paralela con dos amigos: Fulano me tenía realmente harta con su actitud, Mengano, por el contrario, era miel sobre hojuelas. Finalmente, Fulano y yo decidimos vaciar nuestros corazones, y aunque la realidad no cambió mucho, fortalecimos nuestra amistad. Pero con Mengano pasó algo que, a la fecha, me tiene en la incógnita: un buen día dejó de responder mis mensajes y, sin previo aviso, me bloqueó del Facebook y de su vida. Ni siquiera me dio la oportunidad de saber si había hecho algo que podría (o no) solucionar. A pesar de que la mayoría de las rupturas no suelen ser tan bruscas, la mejor de las relaciones puede verse disuelta en una tolerancia mal entendida. Por eso es recomendable hablar las cosas antes de que se conviertan en un verdadero problema. La mayoría de los conflictos pueden resolverse fácil si se aclaran desde sus inicios.


Pero, ojo, tampoco se trata de disparar, cual proyectil, cualquier cosa que nos moleste. Antes de “acribillar” con tus quejas, intenta ver si eso que te molesta es algo que puedes solucionar trabajando en ti. Recuerda: no se trata de tolerar al otro, sino de intentar entender, empatizar y relativizar esas acciones que nos hacen saltar los ojos. Para eso puedes trabajar a dos bandos:
1) Reconocer cuál es en realidad el motivo de tu molestia (un trabajo
de introspección).
2) Ponerse en los zapatos del otro antes de reaccionar (un trabajo
de empatía).

Pongamos un ejemplo de convivencia hogareña: tu esposo siempre deja los zapatos tirados por toda la casa. Por la vía de la introspección quizá encuentres que tu intolerancia se basa en tu necesidad de orden o la sensación de que tu pareja no piensa en el trabajo que cuesta mantener la casa limpia (que poco tiene que ver con un zapato). Cuando trabajas la empatía, podrías descubrir que lo hace sin darse cuenta, no sabe lo importante que es para ti y/o no quiere manchar todos los rincones en los que tanto empeño pones para mantenerlos pulcros. Entonces, comparado con las cosas que él hace por ti, resulta insignificante.

Ya lo sé, estos no son trabajos muy agradables, pues nos encanta tener la razón, pero, como dice Marshall Rosenberg (el padre de la Comunicación No Violenta): la razón de los conflictos es que preferimos tener la razón a ser felices. La mejor salida para solucionar los problemas no es tolerar cualquier cosa, pues para existir es necesario limitar, evitar y censurar ciertas situaciones, políticas, amistades, alimentos o charlas. Pero no porque estemos en lo correcto (o que los demás estén equivocados), sino por la elección de un camino de conciencia, respeto, apertura, honestidad y aceptación. Un camino que nos lleve a construir un mundo donde todos seamos bienvenidos.

Por Debby Holtzman W.


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