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¡Ojo! No confundamos el éxito con el poder...

Parece que lo que debemos ser (el poder) nos libra de un juicio real de lo que realmente queremos ser (el éxito). Y tú, ¿identificas esta diferencia en tu vida? ¿Tienes el poder?, pero para poder qué...

Hace algún tiempo me pidieron dar una ponencia para un grupo de alumnos de la carrera de Ciencias de la Comunicación en la UNAM. El tema eran los retos que impone la vida laboral en este campo. La idea, me comentaron los organizadores, era mostrarles a los que empiezan a coquetear con la vida profesional cómo se pueden conquistar peldaños para ser exitosos en el ámbito deseado. Entre varios sorbos de café mis dedos se mantuvieron suspendidos por encima del teclado de la computadora durante un buen rato.

Desde un principio cuestioné la palabra éxito, y decidí ir construyendo mi texto con base en una serie de anécdotas al respecto que buscaban ser jocosas, aunque en la vida real lo último que me habían arrancado era una sonrisa. Acomodado en el fondo de mis recuerdos, me encontré con un momento que fue clave para entender cuál había sido el verdadero reto más allá de los escalones profesionales que hubiera elegido subir. Hace algunos años mi día laboral empezaba a las siete de la mañana y concluía a media noche. Siempre estaba dispuesta para un nuevo proyecto, y no obstante mis finanzas estaban mejor que nunca, no tenía tiempo ni para irme a comprar ropa interior y mucho menos podía soñar con vacaciones. Mi brazo izquierdo empezó a hormiguearme y paulatinamente, a complicarse la movilidad en mis dedos. En la noche simplemente me despertaba el dolor y mi brazo era la única parte de mi cuerpo que permanecía “dormida” en un doloroso entumecimiento, a tal grado que tenía que ayudarme con mi otro miembro superior a moverlo y masajearlo para que “despertara” un poco y el dolor cediera. Después de un par de estudios, el doctor me dijo que era bastante extraño pues tenía un esguince cervical de tercer grado, común en accidentes automovilísticos o en deportes de alto impacto, pero esa no había sido la razón de mi esguince. En sus veinte años de práctica profesional, sólo había visto dos casos en el que una simple postura ligada al estrés continuo ocasionara una lesión así de grave. El otro caso era el de un hombre que poco después había fallecido de un infarto. Qué honor que la postura de mis hombros acariciando mis orejas me hubiera llevado a compartir con un muerto la presea “máximo mérito al estrés plus”. Parecía que en las estadísticas del doctor, ahora hombres y mujeres habíamos alcanzado una innegable igualdad. Me preguntaba, entonces: ¿Me había apoderado verdaderamente de todos mis sueños? ¿Qué tan exitosa era en realidad?

Todo el poder

Hay muchos términos que se entretejen a la hora de hablar del lugar que ocupamos en la sociedad, pero generalmente se ha determinado este sitio únicamente por el éxito profesional. El término éxito proviene del latín exitus que significa salida, de ahí se determina que el éxito se define como el resultado satisfactorio de una tarea. Hasta allí todo va bien, sin embargo, el auténtico sentido de la palabra parece cobrar vida sólo con base en el beneficio económico resultante. Parecería que de esta forma nos hacemos visibles ante los demás. Eso no significa que nuestro desempeño tendría que ser mediocre o que no nos debería importar la recompensa económica de nuestros esfuerzos, pero lo que se debería sumar de manera automática a este término es un análisis real de nuestro nivel de satisfacción y felicidad, siendo más ambiciosos con el término. 

Existen muchos autores que han teorizado -de las formas más diversas- sobre la felicidad. Para el escritor catalán Eduardo Punset, autor de El viaje a la felicidad, sería el reflejo perfecto de la ausencia de miedo; mientras que el filósofo Fernando Savater diría en su texto El contenido de la felicidad, que de ésta, en realidad, “no sabemos de cierto más que la vastedad de su demanda. En ello reside, precisamente, lo que de subversivo pueda tener el término, ya que por lo demás, resulta ñoñería de canción ligera o embaucamiento de curas”. De esta manera exhibe los peligros de mencionar esta palabra tan a la ligera, como el remate de cuento que encierra la dudosísima afirmación: “…Y fueron felices por siempre”.

En la Erasmus Universiteit Rotterdam, en Holanda, existe una base de datos mundial sobre la felicidad que concentra 7,422 publicaciones sobre el tema. Alrededor de la mitad de estos estudios son reportes empíricos de la forma en que los seres humanos asumimos el concepto en todo el mundo. Una de las preguntas rectoras de dichos estudios, comandados por el sociólogo emérito Ruut Veenhoven, sería: ¿Qué tan satisfechos estamos con nuestra vida? Para el profesor Veenhoven la respuesta tiene que ver con una combinación de variables que tienen que ver con la salud, la vida profesional y las relaciones interpersonales. Finalmente, una respuesta positiva dependería de la ecuación equilibrada de estos elementos. 

La pérdida del equilibrio

El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) registra que de los 57.5 millones de mujeres que se contabilizaban en nuestro país en 2010, el 41.8% de las mayores de 14 años, somos parte de la población económicamente activa, y el 95.9% combinamos estas actividades con tareas domésticas. Trabajo hay ¡y mucho!, el secreto sería no morir en el intento ante la marea de responsabilidades que cumplir “rápido, bonito y bien”, como decía mi maestra de kínder, mientras nos obligaba a trazar una hilera de rayas muy derechitas.

Parece que lo que debemos ser nos libra de un juicio real de lo que queremos ser. Hemos perdido el equilibrio que tanto le preocupa a Veenhoven, entre otras cosas, en una errónea interpretación del llamado empoderamiento, que en realidad son las estrategias para avanzar hacia la equidad de género. “Hay diferentes tipos de poder, y generalmente no me gusta ninguno de ellos, ya que supone que hay control de uno sobre otro. El único poder con el que me relaciono es con aquel que emana de la energía positiva”, dice la artista Marina Abramovic, la hija de guerrilleros yugoslavos que ha centrado su obra en una reflexión sobre la cultura represiva, el miedo y el dolor.

Entonces quizá la palabra éxito o poder se pueda asumir como algo cercano más allá que una etiqueta o un título que aplicamos sin entender ni disfrutar plenamente su significado. 

Regresando a las aulas, pero afortunadamente unos pasos más lejos de mi maestra de kínder, decía el científico social Henrique González Casanova: “Para empezar a hacer lo que tenemos que hacer, sólo hay que empezar a hacer lo que tenemos que hacer”. Reutilizando la retórica de la lógica, tal vez la forma de encontrar el lugar que queremos en nuestra sociedad, sea empezando a elegir las cosas que nos lleven a descubrirnos como mejores personas y más felices. Esto implica un compromiso personal. En realidad, el poder no nos lo da nadie, es un rito personal que involucra el respeto a nuestras opiniones y elecciones, independientemente de las convenciones externas. Más allá de la frontera entre hombres y mujeres, y decretar días para celebrar un solo género, que en ocasiones parecen acentuar las desigualdades. Probablemente la manera de empezar a apoderarnos de nuestros ideales sea reconociendo la felicidad, como una suma de momentos placenteros, en vez de un estado absoluto; ya sea escoger parejas y cómplices de vida en general, que respeten y compartan nuestra idea sui géneris de felicidad. El filosófo alemán Immanuel Kant, racionalista por excelencia, decía que el verdadero poder se conseguía considerándonos como fines y no instrumentos. Quizá hasta allí llega el último escalón, en considerarnos dueños de nuestros deseos.

POR BERENICE GONZÁLEZ DURAND


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