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Mujer… ¿Tenías que ser?

Si bien el papel de nosotras las mujeres ha dado un cambio radical en los últimos cien años, también podemos decir que aún nos falta un largo camino por recorrer, para lograr no simplemente una verdadera equidad de género, sino para reconocernos como mujeres entre nosotras mismas: Madres, empresarias, amas de casa y, ¿por qué no?, ¡mujeres sin etiquetas!

Quienes vivimos en grandes ciudades sufrimos de una miopía que nos impide reconocer los grandes retos que aún tenemos como género. Sin embargo, muchas de las transformaciones importantes no tienen ni 100 años de haberse dado. 

Hace unos años, Janet Yellen asumió la presidencia de la Reserva Federal de Estados Unidos, convirtiéndose en la primera mujer en llegar a dicho cargo, en los 100 años que tiene de historia el organismo. En México, sucedió que la mujer obtuvo el derecho pleno a votar en “todas” las elecciones, y hasta el 2013 el derecho pleno a votar y ser votada comenzó a ser respetado en comunidades oaxaqueñas regidas por los usos y costumbres, en donde el derecho a la participación política era sólo uno de sus problemas; el destino de las mujeres es elegido por sus padres desde muy corta edad y el matrimonio es su única opción de vida.

Dicen que las personas que inician los grandes cambios en la humanidad, difícilmente son los que logran verlos concretados, pero no siempre es así. Kathrine Switzer fue la primera mujer en correr el maratón de Boston, con un registro que incluía solamente sus iniciales. Era 1967 y ella corría, así que inscribirse a uno de los máximos retos para un corredor parecía un paso lógico. No fue sino hasta que el autobús que llevaba a la prensa durante el evento pasó a su lado, que Kathrine se dio cuenta de la conmoción que provocaba que una mujer estuviera participando. El director del maratón intentó sacarla de la competencia, sin conseguirlo, gracias al apoyo de su entonces novio. Mientras Switzer sumaba metros, se notó que no corría únicamente por ella: Si completaba los 42 kilómetros demostraría que todas las mujeres tenían la capacidad de participar en un evento deportivo de ese tamaño. Lo que inició como un reto personal se transformó, sin quererlo, en una lucha de género. Lucha que rindió frutos, otra vez, no hace muchos años.

Hoy las mujeres, en casi todo el mundo, podemos correr maratones, ser astronautas o perseguir el que quiera que sea nuestro sueño, sin ser limitadas por nuestro género. Pero también hoy, ganamos menos sueldo que nuestros pares hombres, ocupamos un porcentaje menor de puestos directivos, ocupamos un 30 por ciento de los escaños legislativos, porque hay una cuota de género que así lo exige –aunque ahora será del 50 por ciento–. Hay mujeres que actualmente son despedidas por estar embarazadas, y si somos víctimas de violencia sexual, no faltará quién pregunte: “¿Y cómo estaba vestida?”.

El año pasado la Universidad de Yale llevó a cabo, un estudio en el que presentó varios currículum vitae a profesores de seis importantes instituciones de investigación. Se trataba de dos candidatos ficticios, un hombre y una mujer con las mismas aptitudes. La mayoría se inclinó por contratar al hombre. Quien se definió por la mujer, ofrecía un salario $4,000 USD menor. Lo más interesante es que esta perspectiva viciada no sólo provenía de profesores hombres, sino también de mujeres. Muestra de que el reto para cambiar paradigmas no pertenece exclusivamente al sexo opuesto.

Cuando las empresas deciden que el Día Internacional de la Mujer es el escenario ideal para hacerles ver a sus empleadas que son valoradas al regalarles una rosa o una caja de chocolates, no hacen más que demostrar lo poco que les importan. Para empezar, este día no es un festejo, es una conmemoración. Un día hecho para recordar que todavía nos falta un largo camino por recorrer, no para ser igual que los hombres, sino para que nuestras diferencias sean reconocidas a partir de nuestras ventajas y necesidades. ¿Les gustaría dar un buen regalo a sus empleadas? Equipen los centros de trabajo con guarderías, revisen si los altos puestos los ocupan las mejores personas, o sólo los mejores hombres; dejar claro que la crianza no es un estorbo en la vida laboral, por el contrario, la más grande de las responsabilidades que tiene un ser humano, porque de la calidad de ese “trabajo” depende la calidad de ciudadanos que tendremos en un futuro. Apliquen políticas en contra del acoso sexual. Promuevan una eficaz cultura de respeto e igualdad.

UN MOLESTO SUSTANTIVO 

Pero si pudiéramos tomar una varita mágica y conseguir condiciones de equidad en todos los terrenos, las mujeres aún tendríamos un gran monstruo contra quien pelear. Déjenme describirlo con mayor detalle para que de esta forma entendamos cómo es esta “criatura non grata”, que seguramente habrán visto, y no conozco mujer que alguna vez en su vida, que no haya sido perseguida por ella: Es peluda hasta lo imposible y tiene varios kilos de más, parece una bola, pero sus ojos te engañan haciéndote creer que tiene una parte humana. Cuando triunfas, te verá con ojos tristes recordándote que algo tuviste que dejar atrás para conseguirlo. 

Lleva un reloj en mano, que emite un tic-tac ensordecedor. Se niega a despegarse de ti, te jala si vas demasiado rápido. Y disfruta de ver y juzgar lo que sucede en la vida de los demás, porque es incapaz de ver dentro de sí. Este monstruo, tiene sus particularidades según la historia de quien lo porte, en la mayoría de los casos se llama CULPA. 

Biológicamente, las mujeres estamos mejor equipadas a nivel cerebral para sentir empatía y quizás ese sea el motivo por el que siempre estamos cuestionando nuestro actuar. He visto a mujeres explicar por qué decidieron no ser madres como si fueran a ser juzgadas por ello, madres que se convencen a diario de que tomaron una buena decisión al haber dejado su vida profesional, y profesionistas que lloran cuando tienen que dejar a sus hijos al cuidado de alguien más. 

Todo esto es una muestra de que aún no hemos cambiado los suficiente como sociedad. Que el papel que asumimos va mucho más allá de los ámbitos en los que nos desarrollamos. Que independientemente de a dónde nos vaya a llevar esta revolución, no podemos olvidar que ser mujer es misticismo, intuición y sensibilidad. Que para entender el lugar que tenemos en la sociedad, primero, es indispensable tener muy claro, el lugar que queremos darnos a nosotras mismas.

POR PAMELA CERDEIRA
@PamCerdeira
Conductora de A todo terreno en @NoticiasMVS


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