Quiosco

¡Sigamos siendo héroes!

Hace un año, la tierra de México nos sacudió con tal fuerza, que hasta el más petrificado de los corazones tembló de dolor y miedo. Durante varios días, todos los mexicanos fuimos huérfanos, héroes y hermanos. Hoy, intentando reconstruir las miles de emociones que recuerdo de aquellos días, una pregunta se edifica en mi mente: ¿Qué pasa cuando todo se derrumba?

Y ya no hablo de edificios o puentes, pues no necesitamos registrar un movimiento tectónico de escala 8 para que se nos mueva el suelo. Nuestra alma también tiembla y, muchas veces, el movimiento es tan brutal e inesperado, que torres de realidades y certezas se hacen añicos ante nuestros ojos... y no podemos hacer nada.

CORRO, VUELO Y ME ACELERO
El primer impulso (al menos el mío) es huir en busca de un nuevo refugio, como podría ser un abrazo, una palabra de aliento. ¡Ayuda de cualquier tipo! Hay también quienes tienden a mostrar rabia y coraje y la proyectan en el prójimo. Otros intentan tapizar la realidad con actitudes que aparentemente les hacen sentir bien, como excesos de cualquier tipo. Vamos, ¡cualquier cosa salvo aceptar la propia fragilidad, dolor e impotencia, ante una situación indeseable!

Pero no importa cuánto corramos, no existe un sólo lugar en este planeta donde podamos escondernos de nosotros mismos. Al final, llega el momento de decidir si queremos quedarnos pasmados en una realidad destruida o atrevernos a (sobre)vivir fuera de ella y comenzar de cero.



EMPEZANDO LA CASA POR EL TEJADO
El problema es éste: estamos tan acostumbrados a usar un “corsé”, que no nos damos cuenta que es nuestra propia columna vertebral la que nos sostiene. La simple idea de caer y lastimarnos genera tal miedo, que antes de intentar caminar sin un soporte, llegamos a convencernos de que nacimos paralíticas. Así, el miedo a sentir dolor en el futuro (o el recuerdo del dolor pasado, que es lo mismo) nos induce a construir y vestir corsés físicos (casas, escuelas, hospitales, ciudades), simbólicos (estereotipos, ideologías, sistemas educativos y sanitarios) y emocionales (creencias como “el amor duele” o “el amor es lo único que importa”).

Estructuras que pueden ser muy útiles y benéficas si tenemos una cosa bien clara: todas ellas son herramientas que nos ayudan a entender y transitar por la vida, pero ¡no son nuestra vida!

Demos un paso atrás para mirar cómo se mueve verdaderamente el mundo: Te propongo que en lugar de dar la espalda a la naturaleza e intentar domarla, escuchemos lo que tiene que contarnos. Las plantas, por ejemplo, para poder crecer, no necesitan de un elaborado plan de desarrollo ni una infraestructura controlada, no saben cuándo va a llover ni cuántos mililitros de agua requieren para su óptimo desarrollo. Tampoco piden una baja laboral por estrés si un gusanito come de sus hojas, o si no brotaron cuatro flores en la fecha estimada. Es cierto que tanto el buen tiempo como la tierra fértil pueden ayudar a su desarrollo, pero no son factores determinantes: Cada diminuta semilla lleva dentro toda la sabiduría y fuerza necesarias para convertirse en un árbol tan fuerte, que es capaz de destrozar el pavimento. Lo que hace realmente resistente a una planta no es el abono, sino su flexibilidad y capacidad de adaptación al medio, pues tanto sus raíces, tronco y ramas, saben responder, segundo a segundo, a la realidad que la rodea. ¿O alguna vez has escuchado a un árbol decir: “¡Uy no!, este suelo está muy duro y este tipo de maceta que me pusieron no me motiva lo suficiente como para seguir creciendo; necesito estar rodeado de un jardín de margaritas para encontrar mi inspiración y convertirme en un importante manzano”. Es muy fácil de ver, sin embargo, plantas y flores siguen creciendo en los lugares más inhóspitos e inesperados.


ÁRBOL QUE NACE TORCIDO
Y si eres de las que piensa: “Claro, pero un árbol es un árbol y una persona es una persona”, déjame recordarte que nos parecemos más a la naturaleza de lo que te imaginas. Sin ir más lejos, la mente humana es un órgano vivo que evoluciona y se desarrolla de manera similar a las plantas. No en vano existe toda una rama dentro de la neurociencia dedicada al estudio de la plasticidad cerebral, o lo que es lo mismo: la capacidad del sistema nervioso para cambiar tanto su estructura física como su funcionamiento a lo largo de la vida, dependiendo de la diversidad de los estímulos que reciba del entorno. Es más, si dibujáramos el sistema nervioso, podría incluso confundirse con el esquema de un árbol.

Sabiendo también que el cerebro, como cualquier otro órgano, entre más lo ejercites más flexible se vuelve, ¿qué sector humano creerías que está caracterizado por una mayor neuroplasticidad y adaptación al medio? ¿Artistas, médicos, estudiantes universitarios, madres solteras, soldados, campesinos, personas con alguna discapacidad física o emocional? Puedes mencionar muchos más; pero los ganadores del primer lugar (y con una gran ventaja) son los niños, especialmente antes de ingresar a la escuela primaria. Y no es de sorprenderse, pues los niños pequeños (al igual que las plantas) no entienden de estrategias, expectativas, ni riesgos; simple y sencillamente, van construyendo su realidad minuto a minuto. Verlos pasar horas sentados frente a sus bloques de madera, construyendo y destruyendo ciudades, poniendo, quitando y volviendo a poner piezas sin miedo a derrumbarse, hasta conseguir la estructura que necesitan, para segundos después destruirla. Puede convertirse en una gran lección para nuestra mente adulta, pues como diría el buen Arjona: somos verbo, no sustantivo. Es importante entender que nuestra vida es un proceso no un estado. Y este proceso no termina de construirse nunca, por eso tampoco puede destruirse por completo.

VIVIENDO, QUE ES GERUNDIO
La tierra no va a dejar de temblar y la vida no va a parar de darnos unas todo tipo de lecciones, así que podemos pasarnos el día construyendo rígidas fortalezas con la intención de soportar el soplido del lobo feroz y correr el riesgo de quedar inmóviles, o podemos hacer caso a nuestra verdadera naturaleza y crecer desde adentro hacia afuera, pues llegamos a este mundo equipados con una semilla lo suficientemente flexible, sabia y poderosa, llamada cerebro, que nos permite construir nuestra vida momento a momento, como un eterno juego de bloques.

Estamos concebidos para caminar con nuestros propios pies en un planeta vivo, lleno de curvas y movimiento, así que toca hacer caso a lo que el mundo nos enseña: echar raíces tan flexibles que nos permitan bailar con el movimiento del viento.

 

Por Debby Holtzman


Publicación más antigua Publicación más reciente





#KeepGlowingOn

¡Síguenos en Instagram!


GLOW! TV

¡Está de regreso!
Déjanos inspirarte desde la mirada hasta el alma...
Conduce: Lina Holtzman Warszawsky

Síguenos en YouTube