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13 años de buena suerte

El 13 es, sin lugar a dudas, un número con reputación propia: resulta prácticamente imposible pensar en él sin traer a la mente una referencia de buena o mala suerte. Aviones, guerras, elevadores, películas y todo tipo de personalidades reaccionan ante su inminente presencia. Ok, lo entiendo: el 13 es un número cargado de historia, significado y simbolismo, pero…  

¿Existe razón suficiente para adjudicar a un par de dígitos la posibilidad de cambiar, manipular o evadir nuestra suerte? En realidad no tengo ninguna opinión a favor o en contra del 13, pero sí tengo mucho qué decir sobre el lugar que le damos a la suerte en nuestras vidas.

¿Casualidad o destino?

Muchas son las corrientes de pensamiento que definen a la suerte como una forma de azar: un acontecimiento fortuito y espontáneo que simplemente “sucede”. Si nos identificamos con esta idea, resulta muy fácil depositar en supersticiones y amuletos el destino de nuestra existencia, pues si creemos que las cosas que nos pasan en la vida son por “puritita suerte” (es decir, todo lo que nos ocurre es debido a casualidades sin razón ni sentido), nuestra propia existencia se convierte en un evento sin razón ni sentido, que suceden dentro de un mundo también sin razón ni sentido.

Por suerte, existen otros caminos. En hebreo, por ejemplo, suerte se dice “mazal”, que es el acrónimo de otras tres palabras que significan lugar, tiempo y enseñanza. Si nos apoyamos en esta definición, tener “buena suerte” significa que estamos en el lugar y el tiempo correcto para aprender algo. Y por el contrario, si no comprendemos la lección que nos ofrecía estar un lugar y un momento determinado en la vida, tendremos la “mala suerte” de volver a vivir situaciones parecidas hasta que entendamos el mensaje.

Adoptar esta postura implica admitir que la suerte existe pero resulta inútil intentar sortearla. Es cierto: no tenemos control de nuestra suerte, pero somos absolutamente responsables de nuestra respuesta. Así que borremos de una vez la idea de una buena o mala suerte, y apreciemos la grandiosa oportunidad de estar (siempre) en el lugar y en el momento perfecto para aprender algo.

¿Qué hago con mi suerte?

Si queremos sacarle provecho a nuestra suerte, es importante aceptar que llegamos a esta vida con las cartas marcadas: dónde, cómo, cuándo y de qué manera nacimos, son los mejores ejemplos para observar el poco control (más bien nulo) que tenemos sobre nuestra suerte o destino. Y este es sólo el principio de una larga carrera que durará el resto de nuestra vida e incluso de nuestra muerte, pues cada día nos vemos interpelados por retos, personas y situaciones que simplemente “nos pasan” y no podemos hacer nada para evitarlo. Podría parecer una afirmación demasiado obvia, pero en la práctica diaria, dedicamos una enorme cantidad de tiempo y energía intentando cambiar el mundo exterior (nuestra suerte), en lugar de modificar nuestro mundo interior (la parte de la vida que sí nos corresponde moldear).

 Imagina que tu mente funciona como una lavadora con dos mangueras, una que suministra agua limpia y otra que saca el agua ya usada. Pues la manguera de “entrada” son todas las condiciones y situaciones que entran en nuestra vida, y de las que no somos responsables (como recibir una herencia o ser asaltados). El sistema de vaciado, por otro lado, es lo que decidimos hacer con ese suministro de estímulos (como emplear el dinero de manera honesta), y este proceso es 100% nuestra responsabilidad y autoría. Así que en lugar de malgastar tu energía para intentar evitar que lleguen experiencias y situaciones incómodas o amargas a tu vida, canaliza tu atención en las cosas que sí puedes filtrar, modificar y dominar, como tu carácter y calidad humana.

Recuerdo haber leído acerca de una entrevista a una sobreviviente del holocausto que se refería a su paso por los campos de concentración como una buena época, pues a pesar de todo el sufrimiento y terror en el que estaban inmersos, entre ella y sus compañeros se dedicaban a hacer la mayor cantidad de buenas acciones posibles y se jugaban la piel por ayudarse el uno al otro. Esta misma mujer hablaba de los tiempos que vivimos actualmente como una mala época, pues a pesar de toda la abundancia y libertad que nos rodea, las actitudes egoístas, vacías y egocéntricas se han convertido en la norma que dicta nuestra convivencia. Con esto no quiero insinuar siquiera que hace falta sufrir para sacar lo mejor de nosotros mismos. Pero sí quiero recalcar la importancia de dedicarnos a hacer el trabajo que en verdad nos corresponde hacer: que nuestra vida valga la pena.

Una buena fórmula para lograrlo es romper el mito de relacionar la suerte con el mundo material. Piénsalo por un momento: consideramos un buen día a aquel en que encontraste dinero en la bolsa de pantalón recién lavado, te dieron un ascenso o había un lugar de estacionamiento vacío justo enfrente de tu casa. Y un mal día es el sinónimo de una llanta ponchada, perder las llaves, manchar tu blusa nueva o no llegar a tiempo a una junta. ¿Te imaginas cómo cambiaría tu existencia si empezaras a contabilizar los “buenos días” como aquellos en los que jugaste un rato con tus hijos, te reíste de algo con tu esposo o devolviste a un desconocido la cartera que olvidó en el baño y tacharas como desafortunado el día que no pudiste ayudar a tu madre o llegaste tarde al festival de tu hijo?

La suerte de la fea…

Pero para ser felices no basta con “aceptar nuestra suerte”; también hace falta aceptar la suerte de los demás, es decir: reconocer que cada quien tiene lo que le corresponde (que es lo mejor para su crecimiento personal). Desperdiciamos demasiado tiempo observando, deseando, comparando e idealizando la fortuna de nuestro vecino, y el único pago que recibimos por esto es una vida llena de frustraciones, depresión y abandono. No olvides que tu suerte (y desempeño) no depende de las cartas de los demás. Además, es imposible saber qué pruebas o situaciones está pasando esa persona a la que envidias tanto. Mi papá siempre decía que si cada uno de nosotros guardara en un paquetito todos sus problemas y retos en la vida, los pusiera todos juntos en el centro de una habitación con la posibilidad de llevarse el que más le gustara… ¡¡¡cada quién volvería a casa con su mismo paquetito!!! 

Y si te consideras una persona con mucha suerte, recuerda que eso no te hace más merecedor que el resto. Mejor aprovecha tu situación para enriquecer la vida de otra persona. Quién sabe, tal vez te tocó la suerte de estar ahí para compartir tu fortuna con los demás. Una cosa queda clara: en la “lavadora de la vida” todos estamos dando vueltas y nunca sabemos cuándo nos va a tocar estar arriba o abajo.

 En cualquier caso, si aprendes a identificarte con tus acciones y no con tu buena o mala suerte, da igual si la vida te tira piedras o flores, pues vas a ser siempre una persona afortunada.

Texto e ilustraciones: Debby Holtzman

 

 


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