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Andy Warhol en México

Materializó el sueño americano y se convirtió en un genio cínico y fascinante que supo entender a la perfección la transformación social que vivía Estados Unidos en los años sesenta del siglo pasado.  El Museo Jumex prepara una magna exposición sobre su vida y obra.

Materializó el sueño americano y se convirtió en un genio cínico y fascinante que supo entender a la perfección la transformación social que vivía Estados Unidos en los años sesenta del siglo pasado.  El Museo Jumex prepara una magna exposición sobre su vida y obra.

Amediados de los años cincuenta, el crítico británico Lawrance Alloway empezó a utilizar la palabra “pop” para denominar a los productos de la cultura de masas. El término “por art” nació un poco después; se empezó a reconocer con este término el tipo de arte que retomaba la cultura urbana como un fenómeno de transformación. Con sus coloridas imágenes, objetos y costumbres, el hedonismo ligado al consumo y el culto al bienestar se convirtieron en sello indeleble  de la sociedad de la posguerra. En este escenario, surgió una generación de artistas provenientes en su mayoría de la industria de la publicidad, la ilustración o el diseño, que mostraban coincidencias en su trabajo aunque realmente no formaban parte de un grupo o proclamaban manifiestos, tal como sucedió con otros movimientos de vanguardia del siglo xx.

Allí estaba Andrew Warhola, mejor conocido como Andy Warhol. El hijo de migrantes checos se convirtió en el espíritu mismo del arte pop estadounidense y hoy una buena selección de su obra está lista para presentarse en el Museo Jumex de la Ciudad de México. Bajo el nombre “Andy Warhol. Estrella oscura”, la exhibición se presentará a partir del 2 de junio con una selección curatorial que subraya la evolución temática y técnica del artista, plasmada en piezas como sus pinturas de productos de consumo y sus serigrafías de personajes famosos. ¿Cómo logró Warhol captar de forma tan magistral a la sociedad en qué vivió y que lo catapultó hasta la inmortalidad? Una de las respuestas está precisamente en el eje temático que propone la esperada muestra en el recinto capitalino: en la forma en que captó la ironía de las luces y sombras que daban vida a las utopías históricas de la sociedad donde se desarrolló. Todo cabe en una lata de sopa Campbells sabiéndolo acomodar.

 

“Campbell’s Soup Cans” (1962)

Todo a la vista

Antes del pop art, el expresionismo abstracto dominaba la escena. Artistas como Pollock, De Kooning y Rothko habían vivido en carne propia los estragos de la depresión y en su obra había una intención de dejar atrás los preceptos del capitalismo para proponer una sociedad más humanizada y en la que el arte acentuaba esta intención, dando rienda suelta a las emociones que proponía la expresión abstracta. Pero la recuperación económica dejó atrás la tristeza y el consumismo propuso nuevas reglas. Andy Warhol estaba allí para evidenciar y celebrar el proceso.

Warhol llegó a Nueva York en 1949 y empezó a trabajar como ilustrador para algunas de las revistas de moda más famosas del momento. Su cercanía con el mundo del diseño y la publicidad, poco a poco lo hicieron trascender en diferentes medios hasta presentar su primera exposición individual en la Hugo Gallery, donde rindió homenaje a los escritos de uno de sus grandes héroes: Truman Capote.

Desde sus inicios, Warhol dejó claro que el arte pop era, sobre todo, una manifestación de la actitud con la que se asumía la transformación de la sociedad. Los objetos artísticos que hacían referencia a la cultura de consumo ya habían aparecido en el mundo del arte con la obra de artistas como Marcel Duchamp, Jasper Johns y Robert Rauschenberg, pero, en el ímpetu creativo de Warhol, la aparente banalidad con la que se asumía el mundo era una de las herramientas más certeras para producir un discurso artístico.

Además, la cultura popular traía consigo una forma menos elitista de revisar y asumir el concepto. Para especialistas en la obra de Warhol, como Juan Ramón Triadó, del Departamento de Historia del Arte de la Universidad de Barcelona, una de las mayores virtudes del artista fue que logró acercar el arte a la vida. El mismo Warhol solía decir: “Si quieren saberlo todo de mí, sólo tienen que mirar la superficie. Vean mis cuadros, mis películas y mi imagen. Ahí me tienen. Todo a la vista”.

La nueva estética de la sociedad estadounidense estaba abanderada por la televisión, el cine y la iconografía publicitaria. Warhol lo entendía bien y utilizó precisamente estas imágenes para hacer eco de su discurso. Su centro de mando: The Factory. El icónico epicentro creativo de Warhol era una antigua fábrica situada cerca de la neoyorquina Tercera Avenida que pronto se convirtió en el punto de encuentro de artistas, escritores, modelos, músicos, actores y demás fauna artística a quienes utilizaba para crear películas, happenings, conciertos, espectáculos sadomasoquistas y toda una serie de actividades que alimentaban el culto a su obra. Él dirigía la orquesta y probaba de todo (y de todos) hasta convertirse en el personaje de reluciente cabellera platinada, los mismos brillos que reflejaban muebles, paredes y objetos de su taller.

 

Sixteen Jackies (1964)

 

Etiquetas privilegiadas

Su apetito era voraz. Warhol retrataba así una sopa de lata como el símbolo de la nueva sociedad de consumo. El placer a la vuelta de la esquina: una deliciosa sopa tras un atractivo empaque y lista para ser consumida. No había límite: pintó todas las variedades de sopa Campbell que ofrecía el mercado estadounidense durante la década de los sesenta, así como otros famosos productos de consumo como refrescos, jugos y cajas de jabón. Las bondades de la vida podían asumir muchas formas.

Para los especialistas, la manufactura de sus pinturas es también un capítulo esencial sobre el uso del color en la historia del arte. Los contrastes cromáticos y el mundo de lo artificial parpadeaban en atrevidas combinaciones y tonalidades tan luminosas como la luz neón del anuncio de una tienda. Warhol pasó sin ningún conflicto de la pintura al óleo a la serigrafía. Con el adiós al pincel y a las pinceladas, lograba eliminar cualquier rasgo de emoción en una obra que necesitaba prescindir de ella; además, la serigrafía le permitía incorporar perfectamente la fotografía a sus obras.

 

Warhol en México

La exposición “Andy Warhol. Estrella oscura”, organizada por el Museo Jumex en conjunto con el curador invitado Douglas Fogle, ha puesto uno de sus acentos precisamente en sus series serigráficas de retratos de estrellas de cine, personajes históricos y desastres. Una de los retratos más famosos de estas series es indudablemente Marilyn. La foto utilizada para realizar su serigrafía de un metro cuadrado fue extraída de una revista de la época. En ella la actriz aparecía enfundada en un vestido oscuro de sugerente escote, pero a él lo que le interesaba era hacer un encuadre del rostro. Una de las frases de Warhol señala que era muy difícil mirarse al espejo. La fragilidad de la vida y la belleza hacían guiños debajo de unos labios muy rojos y una cabellera muy amarilla.

En el libro Andy Warhol. Entrevistas (Blackie Books), donde se recogen testimonios del artista de 1962 a 1987, hay uno precisamente sobre la muerte de la estrella de cine: “Yo no habría hecho nada para impedir que Monroe se matara: creo que la gente debe hacer lo que quiere y si eso hizo que fuera más feliz, es que tenía que hacerlo”. Entre las obras que estarán en la muestra se encuentran sus famosos “Red Mao” y “Sixteen Jackies”. Precisamente esta última forma parte de las disertaciones del artista sobre la muerte y en ella alterna diversas imágenes de Jacqueline Kennedy que la captan momentos antes y después del magnicidio de su esposo. Sonrisas y luto, alegría y tristeza; todo en repeticiones gráficas de lo que acabó siendo uno de los espectáculos televisivos más vistos. La violencia penetró a la sala de tele, al corazón del hogar estadounidense, con una nueva percepción de la realidad.

 

Marilyn Monroe 31 (1967)

 

También sobre la muerte, Andy Warhol desarrolló una serie relacionada con desgracias cotidianas, basada en fotografías de sillas eléctricas e imágenes extraídas de los periódicos; pero la muerte también lo retó de frente. En 1968, una de sus actrices y conocida feminista radical, Valerie Solanas, atentó contra él. Warhol se limitaba a responder sobre ese capítulo de su vida en superficie y con toda claridad, tal como lo hacía con sus obras: “No, en aquel momento no me pasó por delante toda mi vida, nada por el estilo. Fue muy doloroso, pero me tenían tan drogado que tardé dos semanas en entender qué había sucedido. Nunca pienso en ello”.

Por: Berenice González Durand

De la edición 116 (mayo de 2017) de Glow! En locales cerrados de todo el país. O en nubleer.


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