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Cultura en México, ¿Consumo, pose o momento para redes sociales?

Se dice hasta el cansancio que los mexicanos no leemos, no apreciamos el arte y no nos esforzamos como espectadores. Pero somos destino de innumerables eventos, exposiciones y festivales cuyos boletos se agotan a una velocidad increíble y a cuyas puertas hay filas interminables. Las redes sociales se desbordan de nuestras selfies en estadios, museos, salones y galerías. ¿Moda, protagonismo o cultura trivial y efímera?

México es un país consumidor por excelencia; somos una nación que está pendiente de los adelantos tecnológicos, especialmente en telefonía móvil no nada más para conocerlos, sino para hacerlos parte de nuestra cotidianidad, misma que lleva el ritmo, generalmente marcado por la prisa: siempre vamos apresurados casi a todas partes: al trabajo, a casa, a ver un partido de futbol, al colegio de nuestros hijos, al cine, a un restorán, al teatro y a los museos. Mientras vamos a toda prisa para nuestro siguiente destino, sea cual fuere, nuestro fiel compañero es el celular.  Sin importar la marca o el costo, este nos mantiene informados de todo lo que nos interesa: el lanzamiento de un coche nuevo, el precio de un juego de sala y hasta el costo de un bolso de lujo a través de alguna plataforma específica, la oferta de boletos para diferentes eventos, desde el próximo concierto de “La Rosalía” en Ciudad de México hasta la fecha de cierre de la muestra de Jeff Koons. La gente solo tiene que dar clic en su teléfono para asegurarse de que ya es parte de tal o cual evento y, de paso, lo comparte con sus amigos en redes sociales. Llegada la fecha, publica su selfie en la fila de espera antes de lograr entrar al museo –o al estadio–.

Aunque muchas veces no parezca que en México se consume cultura, sí lo hacemos; quizás nos falta aprender cómo contárselo a los demás o, tal vez, nos hemos limitado a consumir “cultura flashy de estatus global”, pero no nos hemos cultivado en áreas que pueden parecernos aburridas y que deberían ser de dominio común. Muchos pensarían que aquí la gente no lee, vaya, en muchos países extranjeros nos visualizan como personas que apenas saben hablar castellano. Para la redacción de este texto, recurrimos a una personalidad muy reconocida en las altas esferas de la curaduría y museografía mexicana: Ana Elena Mallet, licenciada en Literatura Latinoamericana y maestra en Historia del Arte, una mujer que goza del reconocimiento de su gremio y de la fama gracias al impacto y rapidez de la social media. Su inmersión en la cultura comenzó desde que era niña: cada vez que recorría pueblos con sus padres durante las vacaciones, era obligatorio conocer los museos, la historia, las iglesias. Ha basado su crecimiento en la curiosidad y la observación. Uno de sus lemas es que “la ignorancia se quita preguntando”.

Por medio de una entrevista más que abierta al diálogo, Mallet nos ha ayudado a aclarar ciertas dudas y, por qué no decirlo, ha colaborado para destruir ciertos prejuicios sobre el comportamiento de los mexicanos frente a las manifestaciones artísticas. Mi primera pregunta fue: “¿Por qué la gente se toma una selfie mientras espera para entrar al museo a ver una exhibición internacional, acaso acude más por moda que para aprender?”. Ana Elena Mallet afirma que todo se debe a la visibilidad que buscan los espectadores: “Hay de los dos tipos. Lo cierto es que estas muestras vienen una vez en la vida, nos tenemos que esforzar por estar allí; el fenómeno de la selfie ha crecido porque las redes sociales han amplificado el impacto de nuestras actividades en los demás y de esta manera se va generando una moda. A la gente le interesa poder decir que estuvo allí, sin embargo, mucho antes de la existencia de Instagram, cuando vinieron las expos de 'la tortura' y 'los faraones' a Bellas Artes, hubo filas larguísimas para entrar. Creo que existe una necesidad de comunicar lo que hacemos y no ser más personas privadas, las redes sociales nos ayudan a exponernos a nosotros mismos. Tomarse la selfie es parte de nuestra forma de consumir cultura, porque en México sí se consume cultura cada día más; de no ser así, no tendríamos una oferta tan impresionante como la tenemos aquí. Por medio de las redes sociales contamos con un streaming que nos da una absoluta capacidad

de elección. Antes las personas veían programas como La rosa de Guadalupe porque no podían elegir otra cosa; ahora solo desbloqueamos el celular, entramos a Facebook y nos encontramos con el desglose de todo tipo de videos, desde los vanos hasta los documentales internacionales”.

Tiene razón, en México, todavía contamos con la libertad de elegir lo que veremos, lo que escucharemos y lo que opinaremos sobre tal o cual manifestación artística. Escogemos qué consumir y qué aprender, pero para el consumo se necesita generalmente dinero, por eso le he preguntado a Ana Elena si considera que el estrato social y poder adquisitivo influye a la hora de acceder a la cultura en nuestro país. Su respuesta me dejó sorprendido porque rompió en mil pedazos uno de mis propios prejuicios, me ha enseñado qué es lo que verdaderamente se necesita para consumir cultura –o arte, como muchos suelen llamarle–. “Para nada. En un país como este, la cultura viene desde abajo y desde arriba; los domingos el acceso a museos es gratis, el estrato social no es determinante si tomas en cuenta lo que cuesta entrar al cine en este país, y la cantidad de gente que sigue acudiendo. Lo que en definitiva sí influye son la curiosidad y las ganas de aprender cosas nuevas porque no existe manifestación pequeña; de todas puede aprenderse especialmente porque hoy vivimos un cruce entre disciplinas
que es muy importante. La gastronomía, la danza, el reguetón, el grafiti, absolutamente todo, expresa lo que somos
día a día, la manera en que vivimos y cómo consumimos”.

¿Y qué es aquello que expresa o manifiesta la manera como vive México, más importante aún, cómo se siente? Mallet asegura que hoy por hoy la música en sus diferentes estilos, desde el reguetón y la banda, hablan de cómo se encuentra el país en este preciso momento. “Ahí te das cuenta que México sí consume cultura, sea en la radio o plataformas gratuitas y de paga. Lo que escuchan los mexicanos es un reflejo de lo que somos y de cómo somos, de lo que se vive”.

Los mexicanos consumimos cultura; me quedó clarísimo que también la escuchamos, que todos somos parte de cada manifestación artística si así lo queremos y la curiosidad va por delante. Durante una reunión con la dirección de Glow! surgió la duda de si México lee en su día a día. Ya había platicado con Ana Elena y tenía en mente acudir con otra personalidad que es conocedora y estudiosa del comportamiento de los mexicanos para que resolviera nuestra duda. Entonces nació en mí una inquietud, una curiosidad, tomé mis audífonos y salí a una investigación de campo. Necesitaba un lugar lleno de gente para poder observar y el metrobús fue mi mejor opción.

La gente sí lee, pero hay una cuestión importante: así como existe un porcentaje relevante de personas que gusta de hacer pública su actividad en curso, hay una gran cantidad de gente que prefiere conservar sus gustos como propios o privados. Sí, en el metrobús todos estaban atentos a su celular y como ya conocen la ruta del transporte, se levantan de su asiento en automático para bajar en donde les corresponde y continuar con su destino, sea para caminar o transbordar. 

No, no todos estaban conectados en Facebook y mis gráficas quedaron de la siguiente manera: de 10 personas que observé con la vista fija en su teléfono móvil, 2 leían y reían con los memes que les llegaban por WhatsApp, mientras que 3 miraban documentales con subtítulos en español, curiosamente 2 de estas, con 8 asientos de distancia entre ellas, estaban viendo el mismo video sobre la lluvia, monzones, dirección y velocidad de las corrientes marinas alrededor del globo. La tercera de estas personas veía por medio de YouTube  un documental sobre el  emprendedurismo en la Inglaterra de finales de 1800 hasta llegar a la primera contingencia ambiental que azotó a Londres por el carbón de las industrias. Tres más leían libros digitales de estilos completamente opuestos –lo cual me parece perfectamente equilibrado–, uno leía El príncipe, de Maquiavelo, otro estaba enganchadísimo con la versión en inglés de Cumbres borrascosas, de
E. Brontë y el tercero, al parecer estudiante de preparatoria, no leía la biografía descargada de Oskar Schindler, sino el registro fotográfico que hizo al libro de algún compañero suyo,  o quizás de un ejemplar tomado de la biblioteca. Las 2 personas restantes sí estaban en el timeline de Facebook.

Dos días después fui a un parque: 10 individuos haciendo ejercicio, 3 sentados en una banca “scrolleando” el timeline de Instagram y 2 leyendo un libro. No pude ver los contenidos porque no había pretexto para quedarme de pie junto a ellos y parecían demasiado concentrados en su lectura, sin ganas de ser interrumpidos por nadie.

El estudio “Hábitos de lectura” realizado por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) ha establecido que en nuestro país se leen 2.8 libros por año y desde el 2012 los números han cambiado muy poco y para mal. Se dice que aquí se vive la cultura de la incultura y que tan solo el 2% de la población lee regularmente, entonces, la gente lectora que he encontrado en mi camino corresponde a este escasísimo porcentaje de la población.

Resulta significativo saber distinguir entre que México sea un país rico en cultura, que consume cultura y que sea culto. Respondemos positivamente ante las manifestaciones culturales que han generado un impacto en otras latitudes, como exposiciones rompedoras tanto por la importancia del artista como por el periodo histórico al que corresponden, pero, irónicamente, el mexicano promedio –y al decir promedio, debemos tener claro que no incluye a todos– desconoce la cantidad total de habitantes de su propio país o los índices de obesidad actuales y la cantidad de feminicidios perpetrados cada día. Por cierto, tú, ¿conoces estas cifras?

México es creativo, colorido, vasto en tradiciones y un pilar importante del consumismo en toda América Latina; además de generar buenos números y ganancias como sede de conciertos, y exposiciones internacionales. Es un país que cuenta con el enorme poder de decidir cuál es la información que le sirve, la que le gusta y cuál es la que le aburre, he ahí el meollo del asunto: omitimos todo aquello que consideramos como tema obligatorio para el gobierno, para el sector salud, etc., porque de una u otra manera a nosotros no nos afecta ni nos conviene conocer, por eso conformamos un país irónico: ávido de consumir “productos” funcionales para el entretenimiento, no así para el crecimiento. Quizás a eso se deba la respuesta de Mallet ante mi última pregunta: ¿Es México un país culto? “No sé si sea culto; de que consume cultura, eso sí, es seguro… pero son cosas diferentes”.

 


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