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Hacer para ser

Por más nobles y puras que puedan parecer nuestras buenas intenciones y discursos, no son suficientemente fiables como para definirnos como personas, pues a fin de cuentas, son nuestras acciones y esfuerzos los que de verdad hablan en nuestro nombre. ¡Atención a esto!

Dentro de nuestra mente siempre sabemos (supuestamente) cómo se deberían de hacer las cosas, y cuál es la forma “correcta” de actuar. Y no sólo eso, sino que además estamos convencidos que nosotros sí haríamos y hacemos lo correcto y justo ante cualquier situación. Pero para ser honestos, por más nobles y puras que puedan parecer nuestras buenas intenciones y discursos, no son suficientemente fiables como para definirnos como personas, pues a fin de cuentas, son nuestras acciones, esfuerzos y aplicación los que de verdad hablan en nuestro nombre.

NUESTRAS ACCIONES REFLEJAN NUESTRA ESENCIA
Y si bien me considero una fiel defensora de trabajar el intelecto para aprender a dirigir y enfocar nuestras reacciones, emociones y sentimientos, hoy me toca abogar por una postura distinta: Nuestras acciones tienen la fuerza de moldear nuestra esencia. Pero no te preocupes, lo que en principio parece una contradicción no es más que otra estrategia para alcanzar el mismo objetivo: pasar de ser una buena persona, a convertirnos en una persona excelente, pues la idea escondida dentro de este concepto no es pensar menos y actuar más, sino hacer de nuestros actos un gimnasio para nuestra alma. Pues como lo diría un antiguo sabio: “los movimientos externos despiertan movimientos internos”.

Utilicemos, entonces, un ejemplo contemporáneo: todos sabemos que, por más que Hollywood y Disney nos vendan el cuento del “final feliz”, un matrimonio no es una meta en sí misma, sino tan solo el inicio de una larga carrera llena de sorpresas, desviaciones y trabajo constante. De hecho, la pareja es prácticamente la única persona en esta tierra capaz de sacar hacia la superficie lo más obscuro de nuestro ser. Pero esa es precisamente su función (y no vivir un eterno sueño): es el espejo que nos muestra nuestra verdadera cara. Es decir, no estallaste en cólera porque “alguien” dejó los platos sucios; lo que realmente te hace salir de tus cabales es tu intolerancia al desorden o la frustración de no ver cumplidas tus expectativas. ¿O no es cierto que el día que estabas feliz porque recibiste un regalo sorpresa no te importó encontrar los platos en el fregadero por unas horas? Entonces no son los “platos sucios” los que necesitan actualizarse, sino tu capacidad de lidiar con ellos. Y es por eso que las relaciones humanas son tan difíciles: porque nos ayudan a descubrir qué es eso que tenemos que trabajar (y que no nos gusta reconocer como nuestro).

 

De la misma manera, una “buena acción” tampoco representa un objetivo en sí misma, sino un medio para mejorar nuestro carácter: ejercitar bondad, compasión y empatía.

Déjame explicártelo de otra forma: Hace poco circulaba un video de una señora de apariencia muy humilde llevando un par de tortas a los rescatistas del temblor del pasado septiembre, un acto verdaderamente generoso. Ahora, ¿considerarías igual de generoso a un multimillonario que ante un desastre de tal índole sólo ofrezca las dos tortas que le sobraron del desayuno de ayer? Entonces el verdadero valor no radica en una torta, sino en el esfuerzo que cada uno demostró mediante sus acciones. Y por favor, no pienses que estoy hablando de recursos económicos, pues si este mismo millonario decidiera dejar de trabajar para llevar dos tortas a un par de rescatistas (incluso a sus hijos), el acto sería igualmente noble y generoso. El tema no es hacer o dar más, sino traspasar tu comodidad para hacer lo correcto. Es decir, dar en lugar de recibir.

HACER EL BIEN ¿SIN MIRAR A QUIÉN?
Ahora bien, poner la ideología en práctica exige una buena dosis de voluntad y compromiso. La verdad es que muchas veces no se siente nada bien hacer una una buena obra (o hacer lo correcto, que es lo mismo). Y esto es muy fácil de ver en los niños, a quienes tenemos que “enseñar” a compartir sus juguetes. ¿O realmente piensas que entregar a regaña-dientes la mitad de su chocolate le va a dejar satisfecho? Tú, como adulto, entiendes que mediante dicho acto tu hijo está aprendiendo el significado de compartir y convertirse en un ser generoso, empático y comprensivo con los demás. Pero en ese preciso instante, el niño sólo puede ver la mitad del chocolate que no se está comiendo. Lo mismo sucede con nosotros: muchas veces nos cegamos ante la satisfacción instantánea que nos provoca comportarnos de manera egoísta e infantil, pero la coacción de “hacer lo correcto” nos ayuda a refinar nuestro carácter y poco a poco, lo que antes nos costaba trabajo, ahora nos produce orgullo, incluso satisfacción, pues comprendemos que compartir el dinero con un necesitado es más importante que comprar otra blusa.

Por eso, para devenir en una persona preparada a “hacer el bien” bajo casi cualquier circunstancia, se necesita ensayar mucho, muchísimo. Y cuando digo “cualquier circunstancia, no me refiero a momentos críticos o heroicos (donde prácticamente no tenias opción ni tiempo de reacción), sino a tu día a día.

Especialmente cuando nadie te ve y tu ego no puede cobrar los beneficios de presumir lo “bueno que eres”.

A veces la recompensa de hacer una buena acción no se ve de inmediato, es más, muchas veces no se ve nunca. Pero si cambias el espejo de dirección, te darás cuenta que “hacer buenas obras” tiene una repercusión indeleble en tu espíritu, y no existe en el mundo mejor recompensa que acortar esa distancia entre lo que piensas y lo que haces. Es decir: entre lo que eres y lo que puedes ser.

Por Debby Holtzman

Más de esta reflexión en la revista Glow! de este mes.
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