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Hasta siempre, Luke Perry

La década de 1990 vio una serie de giros en la forma de hacer televisión. Algunos proyectos terminarían siendo verdaderos objetos de culto para regocijo de una generación de nostálgicos primerizos que estaban a punto de verse inmersos en formas de entretenimiento inéditas, posibles gracias a las nuevas tecnologías y su expansión. Luke Perry estuvo en el centro de esa vorágine y está aquí para contarlo… a Glow!, por supuesto.

Una, dos, tres, cuatro y cinco velitas, una por cada década que ha vivido, fueron las que colocaron los amigos de Luke Perry en el pastel de cumpleaños más reciente del actor. Ocurrió en una cena en un exclusivo restaurante de Los Ángeles, en un fin de semana de descanso de la serie que graba actualmente en Vancouver, Canadá, titulada Riverdale.

Para el festejado, según sus propias palabras, ese fue un momento ideal para repasar sus años en la industria y como ser humano. Su conclusión: “maduro e impredecible”, es como se describe a sí mismo.

“No me pesa que me digan que ya llegué a los cincuenta, que qué triste es envejecer. No me dice nada nuevo, salvo el hecho de que la vida sigue su curso. Confío en la experiencia, en el conocimiento de la gente, pero siempre me he preguntado ¿qué tiene de interesante alguien con años? ‘Lo vivido’, es mi respuesta”.

Advierte que no considera su biografía tan interesante como la de otras personas, por lo cual le es muy difícil hablar de sí mismo. “Prefiero”, anticipa en un tono casi paternal, “y me gusta y deseo más hablar de la televisión de hoy en día, del cine, de los retos para un actor en medio de la tecnología, de algo que me deje más satisfecho que intranquilo por lo que dije y que pudiera malinterpretarse”.

El cabello castaño, las arrugas en el rostro y su delgada figura denotan, más que edad, experiencia. Y la sonrisa, esa mueca retorcida que fue parte del sello que lo convirtió en un ídolo internacional absoluto —elevado al rango de “sex symbol”— hace casi tres décadas gracias al personaje de Dylan Mckay en la serie Beverly Hills 90210.


Fueron prácticamente 10 años los que duró aquella teleserie juvenil que coestelarizó con Jennie Garth, Shannen Doherty, Tori Spelling, Ian Ziering y Jason Priestley, y que lo llevó a aparecer hasta en anuncios comerciales que eran doblados al español, el ruso, el japonés, el mandarín, el francés, el polaco y el árabe.

Hoy Luke Perry no vive en el pasado, pero tampoco lo lamenta, aunque se dice seguro de que jamás se aprovechó de la fama para representar papeles inverosímiles o estereotípicos. Buscó otros caminos. Y recuerda con frenesí moderado aquella época. “Viví en un torbellino de fama. Me di cuenta de que éramos famosos cuando un día, luego de la transmisión del quinto o sexto capítulo, un paparazzo nos tomó a Jennie [Garth] y a mí una fotografía que se publicó con el encabezado ‘se casan, son novios’, cuando en realidad nos habíamos abrazado gracias a una amistad fabulosa, que hasta el día de hoy continua, y yo le contaba cosas al oído. La locura ocurrió al día siguiente cuando llegaron más de 10 mil cartas [a Fox TV] con reclamos para ella”.

De aquella temporada, dice, se queda con las amistades que hizo con los otros miembros del elenco de la teleserie que fue un parteaguas y, sobre todo, con el aprendizaje del desaparecido Aaron Spelling, padre de Tori y gurú de la pantalla chica que, a su juicio, rompió esquemas. “Él me enseñó a ver no solo el empaque de la botella, sino a poner la mirada en el interior y a ver el fondo, la proporción, la marca y a quién va dirigido el interior. Entendí que la televisión obedece a intereses mercantiles, pero eso no demerita la calidad y quien propone un esquema creativo, con historias creíbles, reales, y no solo canciones y bailes para rellenar un momento o captar la atención merece mi respeto”.

Como lo planteó desde el primer momento, lo de hablar de la televisión de hoy es en serio. “Veo series como Game of Thrones, Mad Men, Nip/Tuck y House of Cards, incluso Billions, y encuentro juegos de mente, de poder, de maestría entre actores, diálogos, producción. Muestran el avance, pero los clichés no son lo mío y no me siento identificado. He rechazado papeles con una jugosa oferta económica porque solo eran para cantar y yo no canto, pero la idea era vender mi imagen. Por fortuna ya no soy un símbolo sexual, sino solo un actor experimentado”.

Una prueba de esta última afirmación de Luke es la película The Beat Beneth My Feet (2014) en la que encarna —¿coincidencia?— a una estrella de rock venida a menos a la que el mundo supone muerta y que llega a la vida de un joven aspirante a músico para transformarla. Por trillado que suene el argumento, la cinta británica  fue nominada a mejor película en los Moët British Independent Film Awards y la crítica del circuito no comercial la recibió con beneplácito.



 

Perry asegura que su vida personal gira en torno a sus hijos —Sophie y Jack, fruto de su matrimonio con Minnie Sharp, con quien estuvo casado de 1993 a 2003— y su trabajo. Aunque hay gente que aún lo saluda llamándolo Dylan, sabe que hay personajes en su carrera que lo han hecho crecer y ser exigente consigo mismo.

“Lo que hice en Jeremiah [la exitosa serie de ciencia ficción que en la que actuó entre 2002 y 2004] me satisfizo mucho por lo que representó para mi registro actoral, así como mis participaciones como invitado en diversos programas, porque todo ello genera un cúmulo de experiencias atractivas, llenas de retos, como sucedió en Spin City o en Oz, que me parece uno de los mejores programas que he hecho”.

No duda en insinuar sutilmente intereses: “no he podido concretar mucho en teatro por cuestiones de tiempo y espacio, pues quisiera hacerlo en Broadway, pero mi vida, mis hijos y mis responsabilidades con Riverdale lo dificultan”. Y remata con humor: “quizá cuando sea ya un poco más viejo me quieran para ser el abuelo de alguien”.

Ajeno a las redes sociales, a los likes y a la obsesión por encontrar followers, asegura que poco le interesa el mundo digital, ya que su vida es “a la antigüita”.

Disfruta, eso sí, el contacto cotidiano con su gente, una buena conversación y todo cuanto lo mantenga —dice— más firme y presente en el mundo real, ese “en el que uno puede oler, ver, sentir con la piel y no solo ilusionarse frente a una pantalla”.


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