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Hecho en México

Conjugar el tiempo –lo que pasó, lo que ha de ocurrir– y honrar aquello que nos identifica –las raíces– es la ecuación que tiñe de continuidad y cambio a la costura nacional.

Una impresión prevalece al aproximarnos a la moda mexicana: siempre falta algo, no parece estar completa, la consolidación está lejos, hay demasiadas asignaturas pendientes… En el rompecabezas que supone esbozar una definición coherente del tema, existen dos piezas en juego: los diseñadores que miran hacia afuera para articular su discurso y aquellos que lo hacen en la dirección contraria. ¿Sentidos opuestos necesariamente? Algunos creadores han dado respuestas.

ROSA MEXICANÍSIMO
El bautismo del más mexicano de todos los colores es neoyorquino. Al finalizar el desfile de Ramón Valdiosera en el hotel Waldorf Astoria de Nueva York, actividad que formó parte de una iniciativa impulsada por el presidente Miguel Alemán Valdés para atraer el turismo y las inversiones estadounidenses, un periodista preguntó al diseñador por qué había elegido una tonalidad tan estridente (semejante al bugambilia) para definir la ruta cromática de su colección, a lo que Valdiosera contestó que dicho color representaba a la cultura mexicana, pues se hallaba en las artesanías, la indumentaria, los dulces y los paisajes de México. “So… It’s a Mexican Pink”, afirmó el reportero, denominando así un color insigne, el rosa mexicano. El año: 1948.

Considerado el padre de la moda mexicana, Ramón Valdiosera (1918-2017), fue un artista multidisciplinario que supo definir la personalidad de nuestra costura. Supo, también, trasladar la temática posrevolucionaria, imperante en la cultura y el quehacer artístico, a un ámbito que permanecía ajeno: la moda. Calificado de oficialista y demagogo por algunos de sus colegas, como Henri de Chatillon, couturier franco-británico radicado en México, Valdiosera estableció los cimientos de una escuela que ha estado sujeta a múltiples relecturas.

Coleccionista insaciable, viajó por la República Mexicana para conocer y documentarse sobre los trajes y las tradiciones de distintas regiones. Comunidades, pueblos y ciudades le revelaron una riqueza invaluable que él tradujo en audaces atuendos que viajaron alrededor del mundo, exponiendo la vastedad de nuestra cultura textil e indumentaria. Valdiosera, maestro del pincel y de la aguja, fue un embajador que dio un paso fundamental –uno que duraría 50 años– hacia la conformación de la identidad mexicana en el diseño de moda.

TEHUANAS EN PARÍS
Son muchos los diseñadores mexicanos que en algún momento de su trayectoria, e independientemente de su pertenencia generacional, han atravesado un periodo “nacionalista”, por breve que sea. Parecería que el poder de seducción de los pigmentos, bordados, textiles y métodos de confección es imbatible. No obstante, pocos son los que han fincado su creación en la cultura mexicana y el legado de nuestra indumentaria, permaneciendo fiel a estos fundamentos temporada tras temporada. Uno de ellos es Armando Mafud.

“Trato de transmitir la cultura de México a través de la ropa. Las raíces de mi país, todo lo que es el arte nacional”, señala Mafud, cuya obra genera posturas radicales: se ama o se odia. De hecho, su visión estilística resulta igualmente extrema: “Mis diseños están hechos para una gala, para mujeres con mucha personalidad. No es el típico vestidito negro que se ponen y creen que ya la hicieron. Eso no es estar bien vestida”. Sus detractores señalan que el trabajo del istmeño se limita a un plano ornamental, al empleo simplista de los elementos y a la sublimación del cliché folclorista.  

El oriundo de Salina Cruz no se queda callado y responde tajante: “Hacer diseño no se trata de arrancarle el huipil a una tehuana y cortarlo para poner parches en un vestido. Yo no hago moda, hago diseño; la moda es efímera, el diseño perdura”. Con más de tres décadas de experiencia, el oaxaqueño ha logrado plasmar la mexicanidad en sus colecciones, abrevando de múltiples fuentes: la cosmovisión prehispánica, el arte plumario y huichol, la talavera poblana, el barroco novohispano, las tradiciones populares, la vestimenta charra y la plástica mexicana del siglo XX.

Si bien es cierto que el valor creativo y artístico de los diseños de Mafud es debatible, también es verdad que su amor por México y el reconocimiento internacional del cual goza no lo son. Le pese a quien le pese, es el único diseñador mexicano que ha exhibido sus colecciones en los máximos recintos culturales de Francia y de nuestro país: el Museo del Louvre y el Palacio de Bellas Artes, respectivamente. Eso se llama hacer historia, y es comprensible que incomode a algunos.

¡DE AQUÍ SOY!
Pero no toda la gloria podía ser para un solo hombre. Mafud ha compartido créditos con tres mujeres sin las cuales no podría dimensionarse correctamente la escuela mexicana de diseño. Ellas son Lydia Lavín, María Luisa de Chávez y María Rosario Mendoza, fundadora de la marca Takasami. Todas comparten rasgos estilísticos y procesos de creación similares, aunque con las particularidades que cada una imprime a sus piezas. No obstante, las convergencias son más que las divergencias, lo cual se aprecia en el desarrollo de proyectos conjuntos con comunidades indígenas, el trabajo continuo con diversos sectores, agrupaciones y gremios artesanales, el respeto por los métodos de confección y elaboración textil, así como el rescate de valores culturales.



Otro aspecto que vincula las carreras de Lavín, Chávez y Mendoza es el alcance internacional de sus creaciones, las cuales son bien recibidas en varias ciudades de Estados Unidos, Europa y América Latina, aunque sin alcanzar el volumen de ventas que ha obtenido la marca Pineda Covalin, quizás el caso de éxito más notorio de diseño mexicano suscrito a esta vertiente. Las propuestas de estas mujeres recogen sus inquietudes personales, centradas en la riqueza vestimentaria y textil de nuestro país, por lo que desde sus trincheras impulsan la moda nacional y rinden tributo a nuestra gente, a nuestras raíces, a nuestra historia. Orgullo y fidelidad a México son, sin duda, lo que hermana a estas creadoras.

Un caso poco conocido, pero interesante es el de Josefa Ibarra, o simplemente Josefa, diseñadora mexicana que en los años 60 alcanzó notoriedad gracias a sus diseños de corte autóctono con la dosis justa de estilo hippie. Logró establecer puntos de venta en Nuevo León, Tijuana, Manzanillo y Ciudad de México, así como distribución en tiendas departamentales norteamericanas, destacando su presencia en Saks Fifth Avenue y Macy’s.

FACTORES DE CAMBIO
Hace algunos años, cualquier marca extranjera podría haber plagiado diseños indígenas en sus creaciones sin enfrentar repercusiones legales. Esto, por fortuna, ha cambiado. Cuando las firmas Carolina Herrera y Louis Vuitton fueron acusadas recientemente de apropiación cultural por el gobierno de México, algunas personas intentaron fabricar un debate insostenible. En realidad no hay nada que discutir. Ambas empresas cometieron una falta, tal vez por desconocimiento legal del tema, infringiendo lo señalado en el artículo 160 de la Ley Federal del Derecho de Autor, y en el 11, fracción VIII, de la Ley General de Cultura y Derechos Culturales.

La ausencia de respuestas precisas y pruebas que deslinden a Carolina Herrera y Louis Vuitton del delito de plagio no han sido presentadas. Ambas compañías, a través de comunicados, se han limitado a señalar que se trata de un “homenaje” a México, un reconocimiento a la riqueza artesanal de nuestros pueblos originarios. No es así, y a ninguna de las dos empresas le gustaría que “homenajearan” sus diseños de la manera que ellas lo hicieron con los bordados y textiles de Tenango de Doria (Hidalgo), Istmo de Tehuantepec (Oaxaca) y Saltillo (Coahuila).

La idea no es aislar el trabajo de las etnias, sino establecer iniciativas de vinculación que resulten en beneficios concretos para todas las partes, así como en el cumplimiento de la responsabilidad social de las empresas. La intención es reconocer y divulgar la obra, las habilidades e historias de los artesanos que enfocan su esfuerzo a generar piezas únicas y originales que representan el sustento familiar y el desarrollo de las sociedades creadoras.

De hecho, la responsabilidad social se ha vuelto clave para fomentar valores diferenciales en tres sellos mexicanos que replantean la trascendencia del diseño basado en el legado cultural de nuestros pueblos originarios. Se trata de Carla Fernández, Yakampot y Fábrica Social, una empresa dedicada al apoyo y difusión del trabajo y el conocimiento de las mujeres artesanas indígenas. Desde hace ocho años, su objetivo es el desarrollo y la producción de ropa y textiles artesanales, facilitando herramientas de diseño, organización, administración y comercialización. El sistema para lograrlo es el comercio justo y la comunicación identitaria de las cooperativas.

El nombre Yakampot proviene de una comunidad indígena de San Juan Chamula, en Chiapas, y en lengua tzotzil significa “lugar donde nace el agua”. Esta marca, fundada en 2011 por Concha Orvañanos, contó durante ocho años con la dirección creativa de Francisco Cancino y, ahora, de Huguette Hubard. Su misión es apoyar a las comunidades artesanales y preservar su arte, elaborando productos que evolucionen y eleven la percepción de las técnicas tradicionales para que brillen junto con sus creadores. Su meta es ser la primera marca que conecte a México y sus artesanías con el ámbito internacional del diseño contemporáneo. Y lo está logrando, como lo demuestra su presencia en Saks Fifth Avenue México y sus puntos de venta en Guadalajara, Chihuahua, San José del Cabo y Ciudad de México.



El planteamiento estructural de Carla Fernández es muy claro: “Para nosotros la tradición no es estática y la moda no es efímera”. Con base en esto, la coahuilense ha  generado una estética fundamentada en la riqueza geométrica y la diversidad textil de nuestro país. El prestigio internacional del cual goza su firma se debe a la extraordinaria labor por preservar la herencia cultural de las comunidades indígenas, transformándola en prendas y accesorios vanguardistas. “Nuestra visión respecto a los métodos manuales y a las técnicas indígenas ancestrales demuestra que la moda ética puede ser avant-garde y progresista”, señala la creativa. Y está en lo cierto.

Son agentes de cambio, diseñadores que se demarcan de la obviedad del lugar común para brindar propuestas con una depuración estilística tan sofisticada como digna de atención. Son marcas que replantean el significado del lujo, asumen una responsabilidad social y enaltecen nuestras raíces. Honor a quien honor merece: Fábrica Social, Yakampot y Carla Fernández son ejemplos de lo mejor de la moda contemporánea, creadores que emprenden una ruta iniciada en 1948 por Ramón Valdiosera. Sí, el camino es cuesta arriba, pero la cima ya no parece tan lejana.

Por  Bernardo Hernández


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