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Mi vida inútil

El mundo de lo inútil funciona como una levadura: si lo alimentas, crece, crece y crece. Y cada vez que crece, pesa menos. Si a esto le sumas la importancia de lo útil, podrás hacer posible lo imposible. ¿Me estás oyendo, inútil?

"Si te fueras a una isla desierta y pudieras llevar contigo solo tres objetos, ¿cuáles serían?”. Cuántas veces habré jugado a responder dicha pregunta debatiéndome entre un cuchillo o un libro. Mi próximo destino no es una isla desierta; sin embargo, hace no mucho me tocó comprimir los últimos 10 años de mi vida en la maleta que se convertiría en mi casa durante la siguiente etapa, y no lograba decidir qué hacer con todas las cosas acumuladas: qué zapatos llevar, ni cómo guardar esa escultura de tres pies y dos cabezas de jirafa que me regaló una amiga para mi boda. ¿Cómo seleccionar las cosas que son útiles y necesarias? ¿En dónde radica el valor de cada objeto?

Con tres cajas vacías y un montón de preguntas comenzó mi viaje: debatiéndome entre lo útil y lo inútil, lo servible y lo inservible, lo práctico y lo romántico, la supervivencia y el espíritu.

El valor de lo inservible
Alguna vez leí una entrevista hecha a Santiago Eguidazu, autor del libro Apología de lo inútil, donde explica que en la vida predomina lo eficiente hasta que te planteas: ¿y todo esto para qué? Mi caso no es distinto, he escuchado desde siempre que si algo no se puede medir, utilizar, poseer, mostrar o vender, entonces carece de valor. Una idea bastante integrada en nuestra sociedad mercantilista, pero también bastante limitada. Bajo esta premisa dedicamos gran parte de nuestra vida a acumular objetos e información, a producir para sentirnos valiosos, a creer que rodearnos de cosas bonitas es el camino más rápido y seguro para alcanzar la felicidad. La verdad es que, en el fondo, bien sabemos que esa es la ruta más directa al desengaño, pues lo útil y lo importante no son necesariamente sinónimos. Por ejemplo, deshacerme del refrigerador (uno de los objetos más útiles de mi casa) me parece una transacción bastante simple; sin embargo, tirar una piedra en forma de corazón que solo sirve para guardar polvo, implica todo un duelo.


Lao-Tsé decía que lo que le otorga su valor a una taza de barro es el espacio vacío que hay entre sus paredes; tal como mi piedra, que dejó de ser una simple piedra para convertirse en la representación de una conversación, un símbolo de amistad y una referencia de belleza, incrementando considerablemente su valor en mi mundo personal. Una piedra, como cualquier objeto, puede sobrepasar el mundo de lo útil, lo tangible y lo servible, al impregnarse del mundo de lo inútil, abstracto, subjetivo y emocional.

Esto no quiere decir que la siguiente vez que tenga una casa voy a preferir una piedra a un refrigerador; simplemente, estoy haciendo hincapié en el hecho de que, muy a menudo, el valor que le imprimimos a las cosas no está basado tanto en su utilidad como en su inutilidad. Pongámoslo de esta manera: el mismo trozo de lienzo pintado al óleo puede valer una fortuna o una miseria, dependiendo de la mano que lo haya pintado.

Forma, re-forma, de-forma y transforma
Las cosas consideradas inútiles, esas que no tienen un uso determinado, como la creatividad, los recuerdos, la imaginación, la filosofía, la espiritualidad o el arte, no sirven para nada en términos prácticos, pero pueden llegar a ser el motor de nuestra vida.

Pero no nos confundamos: existe una línea muy delgada entre valorar un objeto por una carga sentimental dada y confundir ese mismo objeto con el valor mismo; es decir: ¿necesito un anillo de matrimonio para ser fiel? ¿Si pierdo mis fotografías, pierdo mis recuerdos? ¿Es indispensable tener una computadora para poder escribir? ¿Puedo sentirme enraizada aun sin tener una casa fija?

Es importante estar rodeados de símbolos que nos ayuden a reforzar momentos y personas queridas, sí, pero lo más importante son esas personas y esos elementos que cargaron de valor a los objetos, no los objetos en sí. Es fácil volvernos esclavos de nuestras posesiones al no entender, por ejemplo, que el recuerdo que tienes de tu abuelo no se va a desvanecer si vendes la casa donde vivía. Por eso, el libro del Tao nos recuerda que “cuando lo que no tiene forma adquiere la forma de los objetos, se pierden sus cualidades originales”.

Si acuñamos este concepto, podemos ver que una de las grandes ventajas de “lo inútil”, es que nunca se pierde, no se deteriora con el tiempo ni ocupa espacio en nuestra maleta. Es más, el mundo de lo inútil funciona como una levadura: si lo alimentas, crece, crece y crece. Y cada vez que crece, pesa menos. Dicho en otras palabras: cuanto más lees, más historias tienes para contar. Entre más creas, más creativo te vuelves, y cada vez que practicas una tarea en concreto, agudizas tus habilidades. “El molino ya no está, pero el viento sigue todavía”, lo explicaba de esta manera Van Gogh en una carta a su hermano Theo.


Almas gemelas
¿Significa esto que lo inútil es más importante que lo útil? NO. En mayúsculas y subrayado. Lo útil y lo inútil se necesitan para existir y se alimentan el uno al otro. No es posible calmar el hambre con poesía, sentarse en una idea, ni cubrirnos del frío con una melodía. Pero sí es factible encontrar sanación mediante la palabra, utilizar la imaginación para construir un refugio, o canalizar un sentimiento, como el amor, para impulsarnos a hacer posible lo imposible.


No olvidemos que vivimos en una realidad física y concreta, y para subsistir necesitamos, como cualquier ser vivo, alimento, cobijo, herramientas, contacto físico y toda clase de objetos y materiales que nos puedan ayudar a mejorar nuestra calidad de vida, pero, tal como pregunta el escritor Paul Auster: “¿Acaso no es esa necesidad de hacer, de crear, de inventar, ese impulso humano fundamental falto de todo sentido práctico, lo que nos diferencia y nos define, en lo esencial, como seres humanos?”.

Podemos acumular toda clase de comodidades materiales y éxitos mundanos, pero sin un toque de ilusión, deseo y misterio, nuestra vida carece de sentido y termina por incomodarnos. Por otra parte, es posible utilizar la materia para adaptarnos a un mundo que se inventa cada día, ayudándonos a dotar de dimensión y dirección nuestra realidad, al menos por un momento. El juego consiste en aprender simultáneamente a construir y desprendernos de conceptos, preceptos y afectos, sin perder el contacto con la realidad ni quedar atrapados en ella.

Viajando ligero
La verdad es que viendo mis cajas aún vacías, esperando a sentirse más o menos valiosas según el contenido que las poseía, me di cuenta de que la invitación a explorar entre lo servible y lo inservible, era un juego que apenas comenzaba. Así que por esta vez no diré nada más y dejaré, en cambio, que lo inútil hable por mí, esperando que este cuento de Daniel Colombo te
sea de utilidad:

Un inspector que visitaba una escuela primaria observó a una maestra atrincherada atrás de su escritorio, mientras los alumnos hacían gran desorden.  
Estoy abrumada, señor —dijo la maestra—. No sé qué hacer con estos chicos... No
tengo material didáctico, ni nada nuevo
qué mostrarles.
El inspector, que era un docente de alma, vio un corcho en el escritorio. Lo tomó y con aplomo se dirigió a los muchachos:

—¿Qué es esto?
—Un corcho, señor... —gritaron los alumnos sorprendidos.
—Bien, ¿de dónde sale el corcho?
—De la botella, señor. Lo coloca una máquina… Del alcornoque... De un árbol... De la madera... —respondían animosos los niños.
—¿Y qué se puede hacer con madera?
—Sillas... Una mesa... Un barco...
—Bien, tenemos un barco. ¿Quién lo dibuja? ¿Quién hace un mapa en el pizarrón y coloca el puerto más cercano para nuestro barquito? Escriban a qué país pertenece. ¿Y cuál es el otro puerto más cercano? ¿A qué país corresponde? ¿Qué poeta conocen que allí nació? ¿Qué produce esta región? ¿Alguien recuerda una canción de este lugar?

Y así comenzó una tarea de geografía, historia, música, economía, literatura, religión y de muchos temas más.
La maestra quedó impresionada. Al terminar la clase, le dijo conmovida:

—Nunca olvidaré lo que me enseñó hoy. Muchas gracias.

Pasó el tiempo. El inspector volvió a la escuela y buscó a la maestra. Estaba acurrucada atrás de su escritorio, los alumnos otra vez en total desorden.

—Señorita, ¿qué pasó?
—Señor, ¡qué suerte que regresó! No encuentro el corcho. ¿Dónde lo dejó?

Texto e ilustraciones por Debby Holtzman W.


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