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No todo se vale

“Quienes realmente predican con el ejemplo no tienen vergüenza de reconocer cuando se equivocan, pues saben que es una oportunidad para pulir sus defectos”

Son las 8:00 am de un día de tráfico cualquiera. La luz ámbar del semáforo recomienda frenar, hecho que altera al conductor de atrás, quien entre gritos, señas y claxonazos, es detenido por un policía bajo el siguiente argumento: “disculpe, señor, pero el coche que conduce tiene pegada una estampa de Payasos sin Fronteras, el símbolo de Peace & Love, un letrero que dicta ‘Bebé a bordo’ y un corazón de peluche colgando del retrovisor. Tras observar su comportamiento, es nuestro deber verificar que el coche no sea robado”.

 

¿Defectuoso o mejorable?

Un hecho dice más que mil palabras, no lo niego: está clarísimo que son los actos los que realmente determinan nuestra calidad como seres humanos. Aun así, tengo que confesar que, en más de una ocasión, me he reconocido tan incoherente como el conductor de ese auto, cosa que no necesariamente me convierte en un fraude como persona, ¿o sí?

Para salir pronto de esta duda voy a aclarar un punto crucial: “ser congruente” no es sinónimo de “ser perfecto”. De hecho, la perfección es un estado imposible de alcanzar y el empeño por llevar una vida intachable suele desembocar en dos vertientes: una es sumergirse en el estrés de sostener la fantasía de una carrera, familia, alimentación o actitud perfecta; la otra es cruzar al extremo opuesto y abandonar nuestros objetivos total, si ya rompí la dieta con un chocolate, de una vez me como el pastel entero.

La coherencia, por el contrario, es el resultado de un gran trabajo de autoconocimiento, honestidad, sensatez y mejora continua: valores que se relacionan poco con el deseo de ser impoluto. Es más, quienes realmente predican con el ejemplo no tienen vergüenza de reconocer cuando se equivocan, pues saben que es una oportunidad para pulir sus defectos. Me gusta cómo lo resume Winston Churchill: A menudo me he tenido que comer mis palabras y he descubierto que eran una dieta equilibrada”. En esta frase deja muy claro que el ejemplo que damos a los demás no se opaca por los errores que cometemos, pero sí por la forma que elegimos para afrontar y corregir esas “metidas de pata”. En resumidas cuentas: el camino de la integridad comienza por aceptar que no somos perfectos, pero sí podemos perfeccionar nuestros actos. Acortar la distancia entre nuestra forma de pensar y de actuar será dar el segundo (y el tercero y el milésimo) paso a seguir.

 

Las reglas Claras

Muy bien, hemos tomado la decisión de ser coherentes con nuestra filosofía de vida, pero… ¿tienes clara cuál es tu filosofía de vida?. Aunque parezca una pregunta obvia, no lo es. La mayoría de nosotros nos “lanzamos a la aventura” sin establecer de antemano las reglas que no queremos romper, y así es muy fácil caer en la trampa de comprometer nuestros valores sin apenas darnos cuenta.

Soñemos un poco: Te despiertas con la noticia de que eres el único heredero de un filántropo millonario recién fallecido, con esa suma de dinero puedes hacer cualquier cosa: comprar la casa de tus sueños (y de toda tu familia), pagar las mejores escuelas para tus hijos, saldar tus deudas, regalar becas, disfrutar de exóticas vacaciones y vivir holgadamente el resto de tu vida. ¡Un verdadero sueño hecho realidad!

Imagínate ahora que, para recibir la herencia, tienes que dedicar el 20% del dinero para subvencionar una empresa clandestina de pornografía infantil: ¿Aceptarías?.

Ya sé que mi ejemplo suena un poco exagerado, pues en un mundo ideal ganar mucho dinero no es tan importante (o no debería de serlo) como la manera que elegimos para conseguirlo. ¿Por qué entonces vivimos rodeados de corrupción, mentiras, escándalos y competencia?. Piénsalo un poco: cuando no tenemos los límites muy bien definidos, es demasiado fácil saltarnos las letras pequeñitas del contrato. Por eso es tan importante hacer nuestra lista de leyes inquebrantables (y esta vez no hablo de hacerlo simbólicamente, sino de escribir en papel todos esos valores en los que basas tu integridad).

Pero ahí no termina la cosa, una vez que tienes claros tus límites, acostúmbrate a examinar tus acciones, reacciones y decisiones, bajo el filtro de esa lista. Eso te ayudará a no confundir lo que realmente te importa (eso por lo que estarías dispuesto a dar la vida), con otras metas más atractivas pero engañosas como trabajar “por el bienestar de tu familia” a costa de no ver a tus hijos, ganar haciendo trampa, alcanzar el éxito sin importar cómo, y así podemos sumar un millón de trampas más. Por eso, si quieres ser fiel a tus ideales, pregúntate constantemente cuál es el verdadero coste de tus sueños, y no tengas miedo de apostar por tu integridad. Recuerda que ladrón que roba a ladrón… ¡sigue siendo un ladrón!. Tal vez con este camino tome más tiempo llegar a la cima de la montaña, pero llegar feliz y satisfecho a casa, dormir tranquilo por la noche, mirarte sin remordimiento en el espejo y ser un orgulloso ejemplo a seguir para tus hijos, alumnos, amigos, empleados o cualquier hijo de vecino, son éxitos difíciles de superar.

 

El trecho entre el dicho y el hecho

Si por lo general te invaden las ganas de contar (en lugar de ocultar) los detalles de tu día a día, vas por buen camino. Y ante los momentos de duda, cuando no estas seguro si le estás vendiendo tu alma al diablo, te propongo la siguiente estrategia: pregúntate ¿Para qué (o por qué) lo quiero?. Es decir: ¿Para qué quiero más dinero?, si la respuesta es “para darle lo mejor a familia”, entonces un horario que implique múltiples viajes y horas extras difícilmente te llevara a alcanzar tu objetivo.

Apóyate de eventos pasados analizando cómo alcanzaste (o no) tus logros, y por qué (o porqué no) lo hiciste. Y sobre todo, no olvides de preguntarte cómo te sientes al respecto, estoy segura que tus sensaciones tienen muy buenos consejos para darte, pues por más buenas razones que te des para permitirte hacer una pequeña excepción, la sensación de “eso no está bien” no te la va a quitar nadie. La idea es tomar decisiones que te hagan notar más íntegro, orgulloso y lleno de vida, y no terminar sintiéndote comprometido, hipócrita o avergonzado.

 Por eso insisto: no se trata de convertirnos en seres ejemplares, sino en ejemplos a seguir. Pues cada cosa que haces sirve de ejemplo (positivo o negativo) para alguien más. Así que te toca decidir qué tipo de ejemplo quieres dar, ya sea a tu hijo o a ese extraño que se cruzó hoy en tu camino. ¿No te dan ganas de trabajar cada día para convertirte en una versión mejorada de ti mismo y, ya de paso, hacer del mundo un lugar mejor para los que vienen detrás?

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Por Debby Holtzman W.


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