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Silencios que rompen vidas

La revista Time nombró recientemente “Persona del Año” a quienes rompieron el silencio que rodeaba al acoso y el abuso sexual en diversos campos de actividad, si bien marcadamente en el mundo del entretenimiento. Pero lejos de Hollywood y el activismo de las redes sociales hay historias que luchan ante el atroz enemigo de la indiferencia.

Por generaciones se nos ha dicho que es mejor guardar para nosotros las cuestiones privadas: ya sea que éstas estén vinculadas con nuestra salud; o bien con acontecimientos que hayan perturbado nuestras vidas y, en consecuencia, nuestras emociones. En el caso de mi familia paterna era muy mal visto hablar de enfermedades. De tal forma que el enfermo pareciera responsable de padecer un cáncer o cualquier otra enfermedad. Como si el ser vulnerable fuera una vergüenza.

Si hacemos un recorrido por la literatura nacional escrita en la primera mitad del siglo XX, podremos darnos cuenta que esa “vergüenza” no es utilizada por los autores para llevar a cabo la trama de sus historias; salvo el caso de la novela Santa de Federico Gamboa, en donde la enfermedad tiene que ver más con una congruencia en la trama y un castigo moral para su protagonista, quien era prostituta.

Otro tipo de enfermedades sociales siguen permaneciendo en el mutismo más enrarecido y agónico; como ha sido el caso de quienes han sido víctimas de acoso y abuso sexual. Desafortunadamente, quienes lo sufren guardan un silencio semejante a una penitencia que, normalmente, se queda como un recuerdo estremecedor por el resto de su vida. Por ello, nos detenemos a pensar qué es lo que los motiva a quedarse callados o hablar del hecho, después de muchos años.

Quizás uno de los detonantes es que este tipo de abuso, ya sea para las mujeres u hombres, es que se lleva a cabo en secreto y bajo amenazas, por lo que quienes están siendo abusados sexualmente se sienten de alguna manera cómplices y responsables de lo sucedido.

En México tenemos un ejemplo muy cercano de cómo reaccionan las víctimas de abuso sexual. Me refiero a las mujeres que fueron abusadas por comandos policiales, en 2006, en el enfrentamiento de Acteal. Después de más de una década un grupo de 11 mujeres ha tomado como una premisa fundamental dar a conocer su testimonio. 

Cada una de ellas tuvo un destino distinto sufriendo la misma experiencia. Es decir, alguna no dijo nada porque no quería lastimar a su familia, pues pensaba que su hijo y su padre “se habrían vuelto locos”, de haber sabido que la habían violado varios policías. Ya que ella sentía que había padecido lo suficiente como para compartirlo con sus seres más cercanos: “No quise infligirles más dolor. Ya habíamos sufrido lo suficiente”.

Como mencionaba líneas arriba, las víctimas no sólo cargan con el abuso al que fueron sometidas; sino llevan como una suerte de segunda piel la vergüenza a cuestas; y a ella se suman unos ecos inconscientes que les susurran al oído: que de alguna manera ellas fueron responsables de lo que les pasó: por estar en el lugar equivocado, en el momento equivocado; o simplemente por ser mujeres

Viven con un miedo permanente y el sólo hecho de salir a la calle las puede paralizar, pues se saben vulneradas y vulnerables. El suicidio ha pasado por sus pensamientos, como la única forma de escape para olvidar lo vivido. Aunque están diciendo la verdad piensan que nadie les va a creer. O bien, que pueden ser reprimidas nuevamente. Esos pensamientos ondulan día a día por su mente.

En el siglo XXI resulta de vital importancia sumarnos a apoyar a quienes tienen el valor de dar un testimonio de cómo fueron vejadas y abusadas. Dejar atrás los calificativos que denostan a las víctimas que ya fueron denostadas física y moralmente. Sólo así podremos crear una cultura en la que quien haya sido acosado o abusado sepa que en su entorno hay un universo muy diverso para que salgan adelante. Y, por supuesto, exponer a quien profana al otro: que sepan que no son invisibles y que su clandestinidad está pendiendo de un hilo que en cualquier momento se puede romper. Sólo así podremos rasgar ese silencio que rompe vidas.

 

Por Claudia Guillén


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