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Vivir fuera del guión

A quien le pese, que se acostumbre: otro talentosísimo mexicano está más que presente en Hollywood y, desde luego, no podía faltar en las páginas de GLOW!

“Soy muy tímido”, me dice al teléfono desde Los Ángeles el actor tapatío de 35 años de edad. “Hace poco se casó mi hermano y tuve que leer algo en público y me cuesta mucho trabajo”. Cuando le pregunto si tal vez por eso es actor y si cada actor llevará dentro a un tímido, me responde con una risa que confirma mis sospechas.

Y es que basta con verlo en cualquiera de sus papeles para darse cuenta de que una vez dado el claquetazo surge un actor ávido, talentoso, estudiado y bien plantado, lo mismo como Cristian en La última y nos vamos, que como Arturo en Cake, junto a Jennifer Aniston y Adriana Barraza o como Vásquez, en la recién estrenada The Magnificent Seven, un remake del clásico de 1960 que ha tenido una excelente acogida entre el público y la crítica.
 
Esa contradicción aparente entre su timidez y su desempeño escénico me lleva a preguntarle “¿Qué pasa dentro de ti cuando asumes el personaje?” A lo cual responde sin vacilar: “Una transformación. Sale algo de mí”.
La de su vocación actoral es una historia de película. Recuerda que cuando él era niño su abuelo hacía cortometrajes con una cámara de 16 mm que después veían juntos todos los nietos. “Veíamos películas de Chaplin y Cantinflas”, dice. “Para mí era algo mágico, maravilloso”.

Para él ha sido fundamental estudiar y por ello se preocupó por asistir al Larry Moss Studio de Los Ángeles. “Para probarme a mí mismo”, acota. Cuenta que ya en secundaria hizo teatro y quedó enamorado desde entonces de la profesión. “Estudié para calarme y ver si esto era lo mío”.

Aunque en realidad, antes de pensar en ser actor concibió la idea de ser director: “Ojalá que algún día”, dice emocionado ante la idea y no duda al citar la razón principal de por qué la educación ha sido una constante en su vida: “Por no faltarle al respeto a la profesión”. Con mayor razón, le parece, ahora que “todo el mundo se cree director”.

Recalca que cuando estudió fotografía aprendió los procesos clásicos, las técnicas manuales y el trabajo de revelado en el cuarto oscuro. “Lo hago por una especie de romanticismo. No hay que dejar de aprender. Yo sigo tomando cursos y preparándome”.

Le pregunto qué ha cambiado en él a lo largo de estos diez años, desde el cortometraje Valle de lágrimas, su primer trabajo, hasta este momento, en que se estrenan prácticamente al mismo tiempo proyectos tan disímiles como The Magnificent Seven, dirigida por el estadounidense Antoine Fuqua, y La vida inmoral de la pareja ideal, del exitoso director mexicano Manolo Caro. “Hay una memoria, hay emociones, hay una madurez, pero una parte de mí no ha cambiado”.

De los proyectos en los que ha participado no elige un favorito. “Todos me han emocionado”, acepta convencido.


The Magnificent Seven
Sobre la emoción que le provocó el filme hollywoodense en el que tomó parte más recientemente, Manuel García-Rulfo dice: “Imagínate… soy fan de los westerns… de niño jugaba a los indios y vaqueros”. Respecto al significado de trabajar con un director que para muchos ya es de culto, revela: “Fuqua es muy visceral. Hay un guión, desde luego, y lo respeta, pero de pronto lo hace a un lado y te permite crear, actuar con libertad. Él permite que te salgas de la marca”. Y dice “Training Day, por la que ganó el Óscar Denzel Washington [2001] me encanta”.

Ya que ha tocado el tema de la libertad creativa le pregunto: “¿Hay que salirse de la marca en la vida?” Responde: “Sí, obviamente”. “¿Tú cómo lo haces?”, quiero saber. “Le hago caso a mi intuición, a mis corazonadas”.

Y sigue: “Denzel me parece un gran actor igual que Ethan Hawke. Y haber trabajado con todos ellos…” Su entusiasmo es evidente cuando en una frase remata: “Estuvo muy chingón”.

Para cerrar la conversación mi curiosidad se impone. “¿Y qué significó pasar de trabajar con Antoine Fuqua a Manolo Caro?”, le inquiero intrigado. “Curioso. Significó pasar de hacer a un macho con la testosterona al tope a una comedia romántica. Pero por eso hacemos esto. Por esa chispita”.

Por Jorge Mendoza Toraya


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